Charpa

Paris. Noviembre – 93

Llevo horas rodeada, atrapada de verdes y verdes, levanto la mirada y siento una amplitud en el alma que me llena de ganas, los grises que los envuelven me hacen recordar la última conversación que se iba convirtiendo en discusión, cuando por un amarillo llegamos a enfadarnos. No se si era por un amarillo; por un rojo, ¿azul tal vez? No, ahora recuerdo, discutíamos por aquel dibujo que tanto me identificaba, por cierto, amarillo ¿no?

No se si los amarillos me dan miedo, pero entro con ellos buscando la pasión, olvidando la locura que poseen, pues controlo mi orden interior. Me adentro con los verdes, sigo con su amenaza, disimuladamente los grises se disfrazan llegando a transformarse en violetas.

¿Hay aquí en estos jardines de Luxemburgo lunas que guardan los secretos de los amarillos? Hoy no, no hay luna que me desvele, ni eco que me descubra, siento el silencio del ruido, estoy, sigo atrapada por verdes y verdes de grandes alturas.

Me viene otro recuerdo, ese viaje, cuántas aventuras. Aún siento el cansancio, caminando montañas y montañas de arena, amarillas, ocres, sienas, sin un verde. El círculo amarillo nos dirigía no se dónde, detrás dejábamos las huellas que nos servirían para volver. Desesperado te refugiaste en unas matas secas. Yo confié en ese amarillo. Los últimos retratos eran monstruosos: por el espejo de mi rostro. ¿Quién tenía la culpa? ¿El círculo amarillo o las revueltas nubes del día anterior?

El día era largo, la luz fuerte, agresiva como la pelea que tuvimos a altas horas de la madrugada. Sólo la tormenta cerca de la línea azul que tanto habíamos deseado nos calló. Eso si, Moreíta, comíamos de puta-madre.

Sigo estando aquí, no se la hora, ni tengo prisa, nadie me espera, camino en busca del permanente ruido del agua; tampoco nadie la espera, pero sí tiene prisa, parece ser. Ahí ha nacido, clara, transparente y fría. Muy fría, su cuna está envuelta de moho verde, se abre camino, pero no se hacia dónde se dirige. Me pregunto cuántos amarillos habrán seguido también su camino. No muy lejos, más cerca de ella que de mí está el ciprés robusto, altivo, coqueteando disimuladamente con el resplandor del anochecer; sabe que ahí está la luna, su movimiento silencioso y casi decisivo, quiere llegar a rozarla, ella no se deja, pero no se va, siempre tan vanidosa, domina y domina. El lo sabe, pero no llora.

Está anocheciendo, la luz es tímida, pero las formas viven, transmiten perfectamente, veo las líneas que dibujan. El tiempo no se duerme, Morea. Qué libertad poseo, cuánto estoy sintiendo. El silencio está perdiendo la disciplina, oigo verdes y verdes, el agua no se calla. Mi mente me lleva, me traslada a tu estudio de Taormina, revuelto de papeles y papeles llenos de rayas y colores, me dibujan momentos apasionados, cargados de locura, ansiedad, desarraigo. No olvides aquella conversación telefónica, cuando me colgaste al decirte: «Adelante, nadie absolutamente nadie puede quitarte el amarillo, ¡pero yo lo quiero!»

Cantidad de besos. 

Charpa.