José Carlos Cataño (El ojo del volcán)

EL   OJO DEL VOLCAN

JOSÉ     CATAÑO

Longobardi y Tatafiore aterrizaron en Tenerife (primavera del 82) y quedaron fascinados por la analogía Teide-Vesubio. Un año después expusieron en Leyendecker, galería que organizó, junto a otras instituciones, la muestra 1983 en Canarias, con la intervención de Bonito Oliva, «Transavanguardia: encuentro de Canarias, 1983».

Por entonces, Morea andaba con sus Forzudos, deportistas i otras perversiones en René Metras (Barcelona), Sen (Madrid) y Val i 30 (Valencia). Y con Sandia Sunday Bugui, otro de sus juegos cabalísticos, donde palabra y color son entidades intercambiables.

En el 84, al parecer, Morea estuvo en las Islas Canarias. No hay constancia de que conociera el término latino de «volcán», mons ignivomus, ni el significado guanche de Echeyde, «infierno» o «montaña que vomita fuego», ni el de Chinet (Tenerife), «isla del infierno». Viaja a Italia y, tras dos meses de estancia romana y napolitana, es cuando adquieren mayor relevancia pictórica el volcán y la espiral. Morea, seguramente, tampoco supo el significado de la espiral en la cultura canaria.

Morea no ha viajado, stricto sensu, de un volcán a otro. Yo, en cambio, a través de Morea, he ido de un volcán a otro (Teide-Etna), de una isla a otra (Tenerife-Sicilia) y de un presente a otro (Cataño-Catania).

Pero ¿a qué tanta referencia a Canarias cuando Morea está en Sicilia?

Porque, pese a lo arriba dicho, hay una pieza síntesis de sus obsesiones, «Saxo-sexo fonista del Teide», que data del 84. Porque el Teide, desde un punto de vista vulcanológico, pertenece al tipo vesubiano, al que corresponden los vulcaniense y estromboliense (Lacroix, 1908), como el Etna. El cono del Teide se halla asentado en el fondo de un circo o caldera, que es un gigantesco cráter, producto de una primera actividad de volcán.

El cono actual de Morea, si se me permite la expresión, surge del povera tardofranquista – que deprimiría a tanto artista de aquella generación sandwich – sigue con su rebelión contra la actionpainting neoyorkina, pasa por Gordillo, repasa el pop a golpes de kistch y salvajismo y continúa vomitando imágenes y cráteres, que se calman, irrumpen y provocan nuevas bocas.

Hace unos años recibí un mensaje de naufrago: Odisseus Morea había encallado en Barcelona. Deseaba ver, sin que ello le implicara el destroce de un cierto sentido de la orientación, lo que se había convertido en una obra magmática, incontenible. Consideramos que lo mejor era volver los cuadros contra la pared y pasar a otra cosa. Lo que pasó fueron sus viajes a Sicilia y los míos a Canarias.

Ahora he observado lo último de Morea como una adecuación entre su real naturaleza y la naturaleza de una realidad, la que a tientas y a ciegas ha encontrado en Sicilia y no en Canarias… – Odisseus Morea, aunque los oráculos le hayan vaticinado la muerte roja en la Isla del Infierno, debe guardarse una isla para después.

Montaña de cráteres, su pintura. La boca del volcán es un ojo, un agujero, un polifemo, una tela de araña, el objetivo del fotógrafo alemán tuberculoso que sacaba desnudos sicilianos, un omphalos del que brotan falos o cactos, capiteles o espadañas, las mismísimas tablas de la ley. Su pintura, bruta y desordenada como la actividad del volcán, ha ido impregnándose de la misma sabiduría de la tierra, que reordena y da sentido a la orografía volcánica. Así como hay terrae motus, en Morea hay un terrae signa alianza entre los signos, entre las palabras de la tierra y su imaginación paroxística. En vez de exceso, excedencia. De ahí el acierto de incorporar las escorias del Etna que le llueven del cielo, por ejemplo, o los laberintos sobre cuyos muros y rejas alza la holgazanería del signo, la libertad ociosa de la pintura, ésa por la que algunos han hablado de la «perversidad» de Morea. La perversidad no viene dada por la presencia activa del erotismo. La perversidad estriba en lograr un derrame iconográfico por analogía con el derroche, en términos batailleanos, de la tierra que habla y se menea como el ojo manual del pintor.

Una isla – toda Isla – que es un volcán que es un ojo, Polifemo celoso del pastor Acis Morea, que corteja el motivo pictórico por nombre Galatea. Entre su Galatea y sus galanteos, tiene que seguir animando un cortejo, un disimulo, una ironía. También, para no acabar como peñasco de lava muerta arrojado al mar.

Barcelona, febrero de 1991