JOAQUÍN LARA
MOREA-FOTO-MATON
Copas y objetos, música para corazones rotos, un vaso volcado… …—Nevaba en Madrid—…
Escaleras abajo, en los agujeros oscuros, empieza a hacer calor, risas que enloquecen, y sudas…, cierta ansiedad y por todas partes gentes siniestras a la moda, celebrando lutos sobre catástrofes venideras…
Esa y otras noches en Madrid, interiores dionisíacos de Rock-Ola, con personajes taburete contorsionándose en torno a sus copas, que vibran, se agitan y estallan…
La barra humeante del RAS, tan lejos del mar…
Con la música muy fuerte alrededor me presentaron a Morea, y muchas de nuestras posteriores charlas han tenido de fondo los mismos ritmos machacones que inspiran al artista. Me encontraba, pensé, ante un artista «Moderno», entendiendo la «Modernidad» en su viejo sentido de ansia de novedad. Paradójicamente hoy lo moderno es lo «Post-Moderno» y también en ese sentido Morea es moderno como los tiempos por el desparpajo de su eclecticismo.
Ese desparpajo le lleva a huir de todo dogmatismo, todo vale si el resultado de la investigación es coherente, pero quizá esa total huida no sea sino su propio dogmatismo…, mas siendo la fuente de sus emociones plásticas, la vida, inteligente es su postura, pues nada en ella vuelve a repetirse igual.
Conocía del Morea anterior un mundo doméstico, que no por limitado en la temática, lo era en la expresión plástica; las neveras eran exhibicionistas, los bidets transformados en pick-ups, paletas derramando acordes de color mientras los pianos se convierten en proyector de opacos. Casi siempre en sus temas como idea de la luz, domésticas bombillas, la idea-bombilla que se enciende en las cabezas.
Su ansiedad de información le llevó pronto a ensanchar su entorno, Chiva, Pedralba, sus lugares atávicos no le suministraban más datos.
Aparecieron entonces las playas, escenarios de luz y lujuria desbordantes con personajes que se buscan mediante tentáculos penetradores-absorbedores, sudor renal sobre el eterno mar de Pinazo, ante el cual se paseaban ya algunos forzudos.
La sed de imaginería y de tiempo para pintarla le es satisfecha casualmente a Morea por un pensionado en la Casa de Velázquez de Madrid, donde empieza a hacer personajes tan buscadores de información que tienen cabeza de video-cámara, luego quizá en un flash-back mediterráneo, los forzudos.
Todo hasta ese momento, sin embargo, y aún un poco después me parecía dominado fuertemente por el dibujo y los colores pastel que habían comenzado a volverse más violentos. Fue en su última exposición de Val i 30 (octubre, 1983) cuando descubrí como muchos una historia diferente, el dibujo había dejado paso bruscamente a la PINTURA.
Algunos pensaron que el cambio era muy violento, e incluso prefirieron la obra anterior, borrachos de luz mediterránea. El público no avisado no sabe que el artista víctima de su modernidad y libre en sus decisiones no repite su obra, porque al acabarla ya sabe algo nuevo que le llevará a otra obra. El público, espectador periódico de Morea ignora que entre un «Brusco cambio» y otro, hay cientos de pequeños «Bruscos cambios» que nacen del trabajo diario y el constante proceso de observación de la vida, trabajosa, alegre, dolorosamente vivida y viviseccionada.
Quizá una de las claves profundas de su obra, sea esa capacidad suya de reflejar lo fugaz, de superponer instantáneas y tics desde múltiples puntos de vista, los que tiene el que todo lo mira.
Su mirada traduce lo cotidiano a códigos a veces herméticos, a veces obscenos, a veces rituales, donde lo gestual todo lo posee.
Morea reordena a través de su kaleidoscopio el mundo de cristales en orden-desorden-sorpresa que somos y juega con esa imagen simétrica contándonos las trampas.
Ese juego y otro más vital, de espejos, de lo pintado a lo vivo y de lo vivo a lo recién pintado, le llevan a introducir, rizando rizos imposibles, cotidianeidad en el hieratismo de sus actuales personajes egipcios.
Morea reinterpreta en su iconografía actual, gestuales mundos antiguos, dónde el rito se desvela a través de sucesivas imágenes cotidianas y nos devuelve de las míticas actitudes del ayer, sensaciones, contracciones, expansiones, explosiones de hoy.
Morea en esta exposición, examen de conciencia sin ningún propósito de la enmienda, nos muestra juntos sus trabajos desde la Casa de Velázquez a ayer mismo, del acrílico al óleo y de éste al cartón piedra adornado y relleno de basuras urbanas, en un homenaje casual a sus principios de Arte Povera. ¿Morea camaleón?, sus casi-esculturas, como dato, son bichos voladores…
…Forzudos atletas se dan la mano con un mundo de camareros egipcios que ofrecen placeres y al tiempo víboras, mientras las arpías revolotean sobre todos ustedes.
