Juan Carrión (MoreÁtame)

MoreÁtame.

Hace tan solo un año, en su última exposición en el MuVIM, Pepe se jactaba, sarcásticamente, de haber “vencido al bicho”, a la muerte, con la que llevaba algunos meses debatiendo. En esta exposición premonitoria, de título “Moreatón”, el artista chivano mostraba irónicamente tres momias (entre ellas la Momia J.M.), como otras que han configurado su aparato simbólico, a lo largo de su trayectoria; también varios árboles (cedro, ciprés), con formas sinuosas y muy verticales,  repletos de aves. Unos elementos que incitaban, como el propio título, a la reflexión, a la meditación mística sobre nuestro tránsito por la vida y la preparación para afrontar el último viaje al más allá: esa gran ascensión, esa gran aventura. 

Entonces se burlaba de la muerte: “soy cáncer, pues hala, jódete”, porque el pintor de las siete vidas, de los siete viajes, como siempre, afrontaba esta nueva  etapa, con esta vitalidad, con esa ironía, que siempre le caracterizó y que ahoga cualquier prejuicio y cualquier penitencia. Porque su pintura era pura ironía, entendida ésta, como inteligencia y comprensión, como libertad y compromiso; como un Leviatán que hace temblar la realidad, para acabar con lo perfecto, con lo limitado, con lo finito, con lo establecido, con lo sublime; para poner en evidencia a los propios dioses y mostrarnos todas las dimensiones del Ser. 

Pepe sabía que quien huye de la muerte se aleja más de la vida y que solo el que ama la vida, no teme a la muerte. Por eso en su obra la vida juega con la muerte, copula con ella, se metamorfosean. Eros y Thanatos danzan por sus cuadros jocosos volcánicos, alegres, para homenajear al hombre y a la madre naturaleza. Sus cuadros muestran la dualidad humana, como ese Prometeo confuso que representa; la bestialidad y el amor, lo divino y lo terrestre, lo finito y lo eterno. Porque  el hombre es presencia del bien y del mal, es un ser ávido de amor y sangre, como la Esfinge, que crea y devora; que, como la tierra, es útero y sepulcro. 

Nuestras almas se reflejan a través del espejo de Isis como dos efigies contrapuestas; como los dos caballos de Platón; por eso Morea utilizó la máscara, como el bufón, para poner nuestra identidad errática en evidencia, todo nuestro caos, para mostrar todas nuestras contradicciones, sus propias paradojas. Para reírse de la existencia, siempre irrisoria y convertir cualquier dogma, cualquier juicio, en conciencia, en risa.   

Cada imagen, cada una de sus figuras, se convierte en un autorretrato, como el mismo reconoció en la inauguración de esa última exposición que hemos mencionado: «soy muy autobiográfico y por eso es algo de momias y sexo» y añadió: «la muerte la tengo asumida, la he visto mucho». Este nómada que rompió todos los moldes y todos los géneros, siempre viajó, en todas sus vidas, en completa libertad, con valentía, con optimismo; porque para él, cada viaje era una nueva oportunidad, una nueva epopeya. 

Por eso, sus amigos de Átame, no vemos que su muerte sea un adiós, simplemente es un “Hasta luego”. Quizá nos encontremos en otra dimensión, más allá del artificio, y nos unamos a una de sus interminables y divertidísimas fiestas en su laberíntica casa de Chiva, a la que siempre regresó y regresará.  Pero hasta entonces, lo veremos en sus cuadros provocadores y apasionados, pintados en Madrid, en Barcelona, en Mallorca, en Japón, en Sicilia o en el Trastevere. Porque él, su esencia, está presente en cada uno de ellos, escuchando música con un geisha posmoderna, pintando con el diablo o Cagliostro a sus espaldas, metido en su “pajarera”, entre cebras alcohólicas y cerdos nostálgicos, paseando  por los jardines surrealistas de Bomarzo o comiendo paella psicodélica, entre rodajas de sandía volando, como en un almuerzo del Torico. También en  “Ca Átame”, local que compartimos en agosto de 2010, cuando nos dedicó una cáustica serigrafía para ayudarnos en la financiación (que, además, genero más de una divertida anécdota).

Esperemos que Pepe, como figura clave en la renovación del lenguaje pictórico de finales del siglo pasado, sea reconocido como se merece. Desde luego, el reconocimiento de su pueblo, siempre lo tendrá, como persona excepcional, como gran “hijo pródigo”. Aquel que nos enseñó con imágenes a sentir pasión por la vida, sin dejarse morir, sin la obscenidad de la queja.

JCM. ÁTAME