Ferrán Cremades i Arlandis (Arena y matador)

ARENA Y MATADOR

Cremades i Arlandis

CITA

Estuvo toda una eternidad para vestirse. Abandonaba la quietud de los valles verdes y buscaba un sueño de libertad. Antes de llegar, se detuvo, sorprendido por un estremecimiento. En ese momento, vio el callejón oscuro que daba a la plaza. Se acercó con la misma ilusión que el primer día: se sintió desnudo y tembló. La plaza está vacía y hay un silencio de agua que sale de la fuente. Es una tarde de domingo. Matador dibuja un círculo en torno a su cuerpo. Los balcones, que parecen tendidos, están llenos de fantasmas. Está solo, nada hay más allá del límite del coso. Lo ve todo con los ojos húmedos de expectación. Sabe que con esta aparición tienta la suerte. Siempre es un riesgo regresar a los ruedos. Arena apareció en la Plaza Redonda con un paraguas abierto bajo la lluvia, un paraguas negro como un toro. Las gotas gruesas parecían granizo. La luz era de una tarde sin tiempo. Incluso así, como si estuviera de espaldas, de espaldas al toro, la vio acercarse a través del cristal del escaparate de enfrente. Cuando apareció, él puso el azúcar en el café y lo removió todo. El mundo parecía un remolino negro. Arena caminaba despacio, como toreando. El viento removía su pelo negro. Los contornos de su cuerpo son una niebla que avanza de manera vertiginosa hacia sus ojos. El contraste del negro del paraguas y del rosa de su gabardina alteró sus sentidos. Lo veía todo como se ven las cosas cuando uno sueña. Era una tarde calurosa, de las que amenazan tormenta de verano. Ella abandonó en el suelo aquel paraguas inmenso que parecía una sombra y, con una mirada esquiva, le dijo:

— Primero es el toro, después, el amor.

VERONICA

Arena se despojó de su gabardina e hizo un círculo de verónica que acarició el rostro de Matador, que sintió un perfume de seducción. Fue un gesto pausado de danza que hacía revivir eternos sueños que sólo el destino puede borrar. La gabardina de seda era un lienzo engañoso y ficticio crepúsculo, como la capa. Vestía ceñida, como un torero. El diseño de su culo prominente era una excitación en medio de la lluvia que empezaba a arreciar. Sus pechos también sobresalían. La encontró bien armada. Iba vestida de azul purísima con bordados de arabescos vegetales en oro que parecían letras del alifato. Era como un traje de luces. Solamente ve sus manos, su cuello y su rostro desnudos y parece que va vestida de sexo. Ceñida, como la desnudez. En su oreja derecha lucía un pendiente de oro en forma de omega. El intentó pararla, la citó ofreciéndole la tentación de su pecho desnudo. Llevaba en el ojal de la americana de verano una insignia de la bandera nacional, con los colores de la arena y de la sangre. Antes de tomar asiento en la misma mesa, Arena besó a Matador. La corrida había empezado. Dejó sobre la mesa un periódico escrito en inglés que llevaba en la contraportada la foto de L. F. Esplá, la cogida dela última corrida de San Isidro. Matador intentó leer aquella imagen escalofriante. No se veían los ojos del toro, y los del torero, cabeza abajo, estaban cerrados ante el vértigo. Toda la vida está en el aire. La verticalidad del arte frente a la horizontalidad de la muerte. El pitón derecho, hundido en el traje de luces, desafía la espada fina y afilada que, en el aire, sobre la piel del toro, parece ahora una naciente asta. Esta imagen, ya casi olvidada, retorna como un sabor amargo. Arena guardó el periódico en su bolso para evitar que la lluvia borrase la representación del destino. Bajo la lluvia, sus cuerpos no son más que una forma de luz y de colores.

PICADOR

El color de la plaza era bello, como un valle de trigo a la hora dela siega, hasta que las sombras de las astas se proyectaron sobre la arena y diseñaron una cruz de crueldad. Se conocieron en una plaza de toros a plena luz del día, después de que las banderillas, como dos rayos, se clavasen sobre la montaña negra. Era el momento en que el picador, con el corazón en la mano, exhibía la verticalidad amenazante de la vara, que después cayó oblicuamente sobre la piel dura del toro, brotando una palmera de sangre y de gestos atroces. La realidad se ensañaba repetidamente con la ilusión. El peto del caballo era un rompeolas y el rostro del toro un latido de espumarajos. Se miraron en aquel momento y fue una emoción compartida. Los ojos de ella, abiertos de par en par con la impresión de la puya, se dilataron y parecieron gotear sangre. Se miraron por segunda vez cuando el torero, con el estoque en la mano, esperaba la muerte y el toro buscaba matar. El tiempo fue un suspiro detenido. Y, luego, tras el gesto del volapié, se miraron fijamente. Aquello fue increíble. Apis, de 505 kilos, cayó en redondo. Entonces ella le preguntó qué hacían después con el toro. El sonrió porquealfin le habíadirigido la palabra. Con más gestos que voces le explicó que lo llevaban al matadero y que allí los matarifes lo desollaban y troceaban para vender su carne exquisita, y que con la piel hacían alfombras y tapices. Arena hizo una mueca de asco, pero luego se repuso y le dijo: “Me gustaría llevarme los cuernos como recuerdo”. Se conocieron en una fiesta de toros. La suya era una historia de amor de tauromaquia. Aquella tarde, la lluvia también cayó vertical como una bendición del cielo. Cuando regresó a casa, Matador se preguntó por qué se sentía tan atraído hacia ella y por qué la quería. Se durmió y soñó un lago de sangre.

MULETA

Se puso delante de ella. Siempre este deseo insatisfecho. Intenta dominarla, intenta dominarse. Traduce en arte una intuición, un escalofrío, mientras lee en silencio la caligrafía de pasiones escritas sobre el rostro de Arena.Ella no baja la cabeza, sino que persiste en esa pose hierática, mirando cara a cara. No es una pose ensayada, sino que surge espontánea como un instinto oculto. A pesar de que embiste como un toro, los ojos de Matador no se ciegan, sino que se abren como un desafío. La muleta es un marrojo donde el deseo se zambulle. Se arrima ella. El tiempo ha desdibujado la memoria del peligro. Ensaya el arte, aún a sabiendas de que naufraga, de que se agita en un infierno. Respira el lejano aroma del romero que, en tierras del sur, promete una noche de luna. Quiere sentir lo que está haciendo. Se entrega a la sombra de Arena. Gesticula y habla como lo hace un torero. El círculo de naturales es una espiral de engaño. El se da cuenta y reacciona. No quiere hundirse en la profundidad del coso. Su cuerpo de bailarina estática gira sobre sí misma como un mundo astral, se abre en colores vivos como la cola del pavo real, mientras que sus pies, descalzos, desnudos, se confunden con el lodo. Nadie puede contemplar belleza más sublime. Sin embargo, la mente de Matador permanece despierta. Sabe que un instante de descuido puede ser la sorpresa de la muerte. Como un toro, corre tras el rojo del carmín como si fuese el crepúsculo, olvidando por instantes la amenaza de la noche puntiaguda. La quiere comoeltorero quiere al toro. Matador coloca a Arena frente a sí, la ordena situarse en un lugar infinito, exhibe en las muñecas el secreto de la ficción. Ritmos de pasodobles llenan de ingravidez la plaza y aceleran la belleza del ritual. Era una buena música de amor para acabar la noche. Confiaba en suintuición, se creía inspirado aquella tarde. No sabía hasta dónde era capaz de resistir. Recordaba algunas tardes de las que se sentía satisfecho. Es ahora cuando se da cuenta de que está delante de un toro de verdad. Como un toro de lidia, Arena conserva también sus instintos primitivos.

— Sin riesgo, la vida no es nada.

Ella le citó esta expresión, de un torero famoso, que era su único principio. Matador comenzaba a sentirse agotado y le ofreció un toro de oro, le ofrecía una finca de bravos donde los dos podían vivir como en el Edén. Elia le miró fríamente y le dijo:

— Estás viejo, chocheas, deberías retirarte de los ruedos.

Matador se arrimaba más y más. Temía parecer cobarde ante los ojos de Arena. Y puso sobre el pecho de Matador las uñas de su mano derecha que parecían instrumentos hirientes. Matador se extrañó de que hablara después de tanto silencio. Trataba de ocultar sus ojos ante la realidad. La realidad era ahora la adversidad. Había llegado la hora del vértigo. Matador no pudo sacar su automática reluciente, no se sentía con fuerzas para responder a aquella cornada. Poniendo boca de toro le dijo que la quería, que no le abandonase. También él era un toro negro: bajo su piel brotaba una fuente de sangre. A pesar de que no era la primera cogida, lo parecía. Se sentía morir. Se preguntaba cómo había sido cogido. Se había colocado ante las cejas, donde nacía una tierna luna llena, y el toro le había cogido. Arena se levantó. Matador ya no veía nada. Solamente sombras. Caminaba ciego, se tambaleaba como un toro herido de espada. Iba arrimándose a la pared de aquel edificio en ruinas. Quería creer que todo no era más que pura ficción, pero no podía. Cayó sobrela plaza y su sangre dibujó un toro rojo. Ni siquiera volvió la mirada atrás para despedirse de Arena, que ahora salía por la puerta grande. Sobre el suelo mojado él es el toro de la muerte. Nunca en su vida se había imaginado este destino. Recordaba el consejo de su maestro: “Lo más peligroso para un torero son las mujeres”. El silencio de la noche helaba su sangre, que ahora ya no goteaba como un hilo de seda, sino como perlas de rubí. La cara de Arena está impresionada en su mente como una cara de toro. Una máscara que le produce escalofrío. De repente, esta imagen se multiplica por mil y satura la pantalla del cielo. Ya de noche, sobre el agua estancada de la lluvia brilla un tapiz de luces.