Pablo Ramírez (El artista como turista nada accidental)

EL ARTISTA COMO TURISTA NADA ACCIDENTAL

(Conversación con José Morea – PABLO RAMÍREZ)

P.R. En menos de un mes, acabas de inaugurar tres exposiciones, una en Alzira en la Casa de Cultura y dos en Zaragoza, -una en la Caja de ahorros de Huesca y otra simultáneamente en la galería C.A.Z.-, y ahora anuncias que preparas una cuarta para dentro dé quince días en la Galería Maior de Pollensa, Mallorca. Pienso que la coincidencia temporal de estas cuatro «exposiciones, además de mucho trabajo, significa y supone, también, un cambio de actitud, en el sentido de que llevabas bastante tiempo sin exponer en España.

J.M. Últimamente he expuesto en la galería Charpa en 1994, pero lo cierto es que hacía prácticamente diez años que no exponía aquí. Eso no significa que durante este tiempo haya dejado de exponer. En Italia he llevado un ritmo de una o dos exposiciones cada año. A partir de 1986 dejé de exponer regularmente en España porque entré en una fase de saturación. Estaba muy harto del ritmo de mis exposiciones y. quise salirme del circuito para dedicarme un poco más a mi trabajo de pintor. En este momento mi planteamiento expositivo es diferente.

P.R. ¿Has analizado retrospectivamente esa época tan frenética? ¿Has sacado algún tipo de conclusión sobre lo que te llevaba á esa especie de vértigo de exponer aquí y allá continuamente? 

J.M. Supongo que el vértigo lo daba la propia dinámica de estar trabajando con una galería determinada. La estrategia de esa galería, en ese momento, era hacer muchas exposiciones. Esto para mí tenía mucho interés al principio, porque me excitaba y me provocaba una situación de trabajo muy rápida, muy fresca. Pero claro, llegó un momento en el que empezaron a surgir problemas por la falta de control en las exposiciones y por sacar el trabajo demasiado rápidamente, sin haberlo reposado antes en el estudio. En aquella época, estaba haciendo un tipo de pintura más o menos etiquetada, lo que se daba en llamar «pintura de los 80», «nueva ola», etc. Sabía muy bien cuando un cuadro estaba acabado y para mí todas las pautas del trabajo estaban muy claras, demasiado claras. El progresivo aburrimiento provocó un cambio en mi actitud y en mi planteamiento del trabajo. Así que alimenté rápidamente el monstruo del autoexilio.

P.R. Hay una exposición que creo que refleja bastante bien este cambio. Me refiero a la titulada Viaggio in Italia, que realizaste en 1985 en Valencia. En esta exposición presentabas un conjunto de obras pintadas en Italia, que correspondían a tu primer viaje, a tu primera estancia larga como artista en un país distinto. Recuerdo que aquellos cuadros me sorprendieron muy gratamente. Siempre he pensado que debió ser una exposición bastante clave dentro de tu trayectoria, pero nunca he sabido si cerraba o abría una etapa.

J.M. Abría más que cerraba, es lo que te comentaba antes, el cansancio de tener muy claro cuándo un cuadro estaba acabado. Todo eso me aburría y es entonces cuando decidí cortar por lo sano. Afortunadamente fue Roma la ciudad que palió todo lo complicado del tránsito y del desarraigo.

P.R. Tu pintura cambió radicalmente. Desapareció de en plumazo el aerifico y tu típica gama de colores pastel. Y abandonaste también a tus queridos objetos para centrarte en la figura humana. Recuerdo que emergió un repertorio de nuevos personajes bastante hermético y ambiguo.

J.M. No se si viene muy a cuento, pero se dio la circunstancia de… ¿cómo decirte?… Mi estancia en Roma coincide con un cambio muy brusco en mi vida, que abarca lo familiar, lo personal y lo profesional. En este sentido se produjo un cambio de planteamiento respecto al plan de trabajos y a la estrategia e, incluso, a los materiales., Por ejemplo, el óleo era un material, que no conocía, con el que no había trabajado nunca. Y es en Roma cuando empiezo a resolver la mayoría de los trabajos con esta técnica. Por otra parte, Roma me permitió una entrada a saco en lo que podría ser la pintura con mayúsculas, en el Barroco, en el juego con la muerte, no en un sentido necrológico, sino toda la lectura que te da la ciudad eterna cuando percibes allí el sentido del tiempo, la nostalgia, tus propias miserias.

P.R. Recuerdo que la arquitectura apareció en este momento como un elemento bastante decisivo en tus cuadros.

J.M. Sí, pero lo que realmente surgió fue una especie de mitología particular que venía de los personajes que poco a poco iba descubriendo tanto en cuadros de otros pintores, como en la gente. Antes todo esto era más anónimo, más feliz, y se resolvía exclusivamente en el mundo de los objetos.

P. R. En toda esa serie romana también se detecta una gran necesidad de transmitir «cultura» y de liberarte de la leyenda del pintor autodidacta que compaginaba la pintura con el cuidado de una granja de cerdos en Pedralba.

J.M. Bueno, como casi siempre, supongo que eso sucedió sobre la marcha. No pretendía eso exactamente, lo único que quería era escapar de una situación que me era agobiante y me encontré con todo lo demás. No me había planteado «a priori» el cambiar de pintura o el utilizar más el personaje en relación al objeto o decantarme por el óleo en menoscabo del acrílico. Es algo que va sucediendo y que descubres a través de la sorpresa que provocas en la gente que había seguido mi pintura, entre ellos mi galerista, que no acabó de entender ese cambio. En cuanto al autodidactismo y lo de los cerdos es algo que simplemente sucedió y me parece estupendo.

P.R. A partir de este momento, el viaje se convierte en algo fundamental en tu vida y en tu trayectoria artística. Son frecuentes tus largas ausencias de Valencia. Durante ese periodo, que abarca prácticamente los diez últimos años, no se muy bien la sensación que tengo de ti. Eres como una especie de Guadiana que aparece y desaparece. Nunca nadie termina de saber dónde está Morea.

J.M. En realidad es muy sencillo y se puede reconstruir sin problemas. Siempre fueron escapadas hacia el este, hacia Italia. La etapa romana fueron cinco largos meses. Luego estuve un año en Torino. En Milán estuve también unos meses y en Nápoles la cosa duró casi un año. Pero la estancia más larga tuvo lugar en Sicilia, donde encontré lo que realmente se desea: un paraíso terrenal de situaciones. Un sitio donde hay un buen clima, donde se producen situaciones que te dan marcha e imágenes que te excitan para trabajar. Allí hay, por ejemplo, un volcán en erupción permanente, una parafernalia de personajes y mitologías pintorescas como no había visto antes, a pesar de las similitudes culturales.

P.R. ¿Qué es lo que más te sedujo de Sicilia, la imagen primitiva de la mitología, el paisaje, la gente…?

J.M. Ya sabes que en mi obra predomina un planteamiento autobiográfico. Siempre voy en busca de situaciones que produzcan cierta chispa y que pueda recrear en imágenes. En este sentido, Sicilia es una isla muy peculiar. Está tan llena de culturas y de «destarifos», que son un cúmulo de cosas estupendas: el paisaje, el clima, los personajes de la vida cotidiana… Allí la gente es muy rica y abierta. Digamos que Silicia me ofrece una síntesis de cosas que voy buscando y que deseo encontrar. Y por otro lado me permite estar absolutamente ausente de mis situaciones habituales y presente en otra situación que me deja más libre, para dedicarme a lo que debo.

P.R. Tras la correspondiente dosis de paraíso: el regreso. ¿Qué suele determinarlo?

J.M. La verdad es que todavía tengo un pie allí. Tengo el estudio montado y eso me permite hacer pequeñas estancias siempre que quiero. Pero la verdad es que ya se ha producido una situación de cansancio. Durante estos cinco últimos años en Sicilia, todos los días he estado moviéndome, visitando, trabajando y haciendo miles de fotografías. Últimamente he observado que ya no se producía la excitación del principio y he descubierto que prefiero recopilar los restos de mi naufragio, situándolos en el plano real, que es mi casa de Chiva.

P.R. Es cierto, porque ahora tu casa de Chiva, una casa que reconquistaste y que has ido restaurando poco a poco, refleja perfectamente eso que dices. Es una especie de «work in progress». Esta llena de objetos y «souvenirs». Quiero decir que allí hay cosas que tú te traes, con las que convives y con las que construyes una especie de micro-clima, al margen del cual es muy difícil entenderte.

J.M. No solo eso, es como un continente-almacén de mis trabajos. La casa de Chiva surgió oportunamente en el momento en que se agotaba una etapa. Es que estaba harto de andar de un lado a otro, pero ahora estoy realmente contento de que haya sido así, sobretodo porque recuperar la casa donde nace uno tampoco es nada definitivo. 

P.R. En 1989, después de un largo periodo de silencio, volviste a presentar tu trabajo en Valencia en una sorprendente exposición titulada Nostalgia Porcina.

J.M. Aquella exposición fue un intento de desmarcarme de una situación que me incomodaba. Quise retomar ciertos aspectos de mi pintura anterior a Roma, volver a los colores pastel, a una pintura más plana y al mundo objetual, para luchar contra la sensación de desarraigo que me producía el que se me ubicara sistemáticamente en una pintura dependiente, ya sabes toda aquella historia de la transvanguardia y los-neo-expresionismos. Fue una propuesta muy irónica, incluso en el título de la exposición, pero también por el hecho de hacer una exposición, precisamente en Valencia, con todos los elementos de mi pintura anterior que era muy conocida por el público, del que yo estaba un poco harto, y la auto-ironía al dar una vuelta de tuerca en relación a los tópicos de mi anterior ocupación.

P.R. ¿Qué sensación tienes del resultado de esta exposición?

J.M. Nostalgia Porcina coincide en el tiempo con el regreso de mi primer viaje a Palermo. Retomar mi pasado pictórico no me resultó nada agradable. Aunque ahora veo las obras y considero que forman parte de la cadena y que constituyen un eslabón más. En aquel momento no lo acabé de entender así. De hecho, inmediatamente, nada más clausurar la exposición, volví a desaparecer. Me fui a Barcelona, donde estuve dos años trabajando muchísimo sin llegar a querer exponer. El resultado es un gran conjunto de obra inédita/que algún día se verá y que, por otra parte, está bastante bien, es absolutamente insoportable.

P.R. En 1994 vuelves a exponer en Valencia. ¿Es cierto que lo que se exhibió no era exactamente lo que tenías previsto?

J.M. La exposición, dedicada a Ulises, consistía en una tela muy grande, de cuatro metros, cinco telas más pequeñas y una larga serie de dibujos. El cuadro grande era prácticamente negro, un cuadro descarado y descarnado, con dos personajes en actitudes muy diferentes pero complementarias. Era muy duro, pero funcionaba bien en contraposición con los papeles, que eran muy ligeros. Los cuadros más pequeños eran unos bodegones que complementaban en otro sentido el desarrollo de las cuestiones que en principio me había planteado. Pero, finalmente, sólo pudieron verse los dibujos, jugando a un montaje conceptualmente mucho más liviano y humilde, casi didáctico, entre paréntesis.

P.R. Recuerdo el cuadro grande y efectivamente no estaba expuesto, lo ví en el suelo. Era un cuadro muy insistido como una especie de episodio de un diario, que desarrollaba   varios asuntos y cada uno tenía su propio tratamiento. Probablemente no era una obra feliz pero el recuerdo que tengo de él es que ésta era su mejor virtud. Los dibujos, por el contrario, daban la sensación de una gran frescura. Un ejercicio de automatismo con una inmediatez y espontaneidad plenamente logradas. Luego he visto que en tu obra posterior has seguido desarrollando este mismo sistema y que incluso lo has llevado a la pintura. Tengo la sensación de que en muchos de tus cuadros posteriores ese dibujo espontáneo determina bastante el resultado final. Con un gran protagonismo del trazo, no sólo en la construcción de personajes o ambientes, sino también de ideogramas, que no representan nada pero que funcionan como una auténtica estructura a la hora de componer…

J.M. Eran dibujos de diez minutos. La mayoría los había realizado en Sicilia, de ahí el titulo de la exposición: Alegorías italianas y  tenían relación directa con situaciones italianas o con fragmentos de realidades italianas. Aunque al dibujo no se le suele dar mucha importancia desde el punto de vista expositivo, la verdad es que tengo toda mi vida muy fragmentada en montones de blocs, llenos de dibujos que determinan una trama de trabajo bastante compleja en la que pretendo explicarme casi todo. En cuanto a la exposición se consiguió la pretendida sencillez de la vuelta fatigosa del viaje.

P.R. En tu último trabajo, que acaba de salir a la luz en las tres exposiciones que acabas de presentar casi simultáneamente, hace un mes, en Alzira y en Zaragoza, además de la aparición de estos ideogramas, existen otras referencias orientales que, por el momento, completan tu peregrinación a través otras culturas como la pompeyana o la egipcia. Incluso has elaborado toda una serie a partir de los retratos de El-Fayyum y otra a partir de los jardines de Bomarzo.

J.M. La exposición de Alzira es una selección del trabajo de los últimos cuatro años. He querido montar una especie de caos ordenado, con trabajos realizados en Italia, en Barcelona o recientemente en Chiva, para que se vieran desde diferentes puntos de vista aspectos de mi trabajo que no se habían visto antes y que tenían bastante que ver los unos con otros, pero siempre bajo el ascendente de ese eje caos-orden. Una de las exposiciones de Zaragoza esta dedicada íntegramente a Bomarzo. Sin embargo, la exposición que preparo para la Galería Maior está compuesta íntegramente por obras nuevas, la mayoría de ellas realizadas en Pollensa.           

P.R.  ¿Has decidido ya su título?

J.M. Se titula Anímala est. Este título surgió porque quería que quedara claro que la exposición habla de animales, pero dándole un cierto toque de lenguaje hortera valenciano. Pero luego me di cuenta de que «animalaes» en mallorquín no significaba nada. Y al final se despegó la coletilla «est» y la cosa queda entre «anima-est», «animalest» y, «animalaes». 

P.R. Pienso que también está implícita la idea de Oriente, de Este. Tu siempre has sido muy aficionado ese juego lingüístico. Siempre te ha gustado recurrir a los juegos de palabras en los títulos de las exposiciones y en los títulos de los cuadros. Pero, volviendo a la exposición, háblame del cuadro del gato, que no sabía yo que tenía tanta importancia porque, según parece, al final todo gira en torno a ese personaje. 

J.M. El cuadro se titula Titimilk y surgió a partir de una relación fortuita con un gato que me llevé a Pollensa, para liberar a su madre del trabajo de amamantar a tres hermanos más. Este gato era absolutamente estúpido, muy agresivo e irracional. Al principio pasó un  periodo de prueba en el que estuvo horrible. Se pasaba todo el día maullando, haciendo tonterías, rompiendo cosas y orinándose en los sitios más ingratos. La cosa se puso tan mal que tuve que abandonarlo en la casa de al lado. Pero luego iba todos los días a verlo. El gato acabó volviendo a mi estudio y convirtiéndose en un amigo estupendo. Y no sólo eso, sino que también ha sido el elemento que ha definido el aire de esta exposición, que esta basada en situaciones entre lúbricas y misteriosas protagonizadas por animales.

P.R. Hay una serie que me ha llamado la atención en la que aparecen distintos animales sobre cactus y en la que también intervienen los ideogramas. Se trata de una serie que destila una narrativa, bastante perversa.

J.M. Es una serie de diez pinturas con el denominador común de un fondo ocupado por lo que sería la esencia del cactus, al que superpongo un ideograma chino, que establece una relación con el animal de turno. Hacía tiempo que no titulaba los cuadros o lo hacía muy levemente, sin embargo en esta exposición prácticamente todos los cuadros tienen un título que intenta provocar una lectura más exagerada, buscando cierta truculencia. Por ejemplo, hay uno titulado Clóchina solitaria, que cuenta una situación que es todo lo contrario: la clóchina no está sola, porque detrás hay unos cactus absolutamente fálicos y, además, hay otra clóchina con la que mantiene un discurso. En otro de los dibujos aparece un gato que piensa en un candelabro judío. Está encima de una letra china, una especie de pi modificada, que también está pintada sobre un escenario de cactus. Este se titula Gato judío. Y en otro una rata subida en un ideograma pinta un trazo rojo sobre el blanco del cactus. Digamos que está corrigiendo una errata. En general, son unas pinturas pretendidamente ingenuas, por lo de libres y bastante truculentas.

P.R. El tema oriental parece interesarte  mucho en tus últimas obras.

J.M. Estas obras son el reflejo de una nueva situación orientalizante, un tanto ambigua porque, aunque parece remitir a Japón, en realidad remite a China y, además, me permite retomar el tema del autorretrato. Son consecuencia de la impresión que me ha producido una estancia reciente en Nepal y Tibet.

P.R. ¿Autorretrato?

J.M. Tú sabes que el autorretrato ha sido siempre un eje bastante importante dentro de mi trabajo. En la exposición, por ejemplo hay un cuadro grande que se titula La lujuria, la ambición, la inconsciencia, la vanidad y yo. Es un cuadro en el que aparecen cinco chinas que en realidad son alegorías que rodean a otra china que soy yo. Por otro lado, ya sea una planta, animal, o cualquier cosa, casi siempre, el sujeto del cuadro tiene que ver con una situación idealizada que segrega subjetividad.

P.R. Mallorca es un sitio al que regresas con cierta frecuencia.  

J.M. Siempre ha sido un buen punto de referencia, al Este. Hubo una época en iba todos los veranos, ya sabes que me gusta aislarme en todo el sentido de la palabra. Mallorca y Sicilia refuerzan mi vocación isleña. Hacía  cuatro  o  cinco  años  que   no  iba  a Mallorca y este año he regresado y me lo estoy pasando como un chino. 

P.R. Además, en Mallorca te tratan muy bien.

J.M. Me tratan muy bien, me trato bien, trabajo y me suceden cosas completamente imprevisibles.

P.R. En relación a la saturación que terminan produciéndote los lugares ya conocidos. ¿Tienes prevista una nueva huida?

J.M. Últimamente me tienta mucho Oriente, pero no tanto Japón sino más bien Tibet. Quiero regresar allí con más tiempo quizá para trabajar y perderme o encontrarme nunca se sabe. Pero también África, también Indonesia, no se.

P.R. Parece que la huida hacia el Norte o el Oeste no te motiva tanto.    

J.M. El Norte es una cuestión que no me atrae ni conceptual ni físicamente. Y en cuanto al Oeste, Portugal me gusta mucho y América me parece que es otra historia, más conocida y que también puedo abordar vía Oriente. 

P.R. No te han tentado nunca Marruecos, el Magreb.

J.M. He hecho varios viajes, pero la verdad es que es un entorno que no me gusta. Allí nunca termino de encontrarme cómodo y distendido para trabajar. El paisaje o la luz me resultan estimulantes, pero lo demás no. No me gusta la relación que se establece con la gente. Y me cuesta entender todo ese orden de cosas que se está planteando desde el punto de vista político. No soporto la cuestión de la caza del turista, ni la prepotencia que te obliga a adoptar la situación. Para Sur prefiero algo más profundo.

Valencia, 28 de junio de 1996