Vicente García Cervera (Retrato de un pintor en negro)

VICENTE GARCÍA CERVERA

RETRATO DE PINTOR EN NEGRO

Bastantes años antes de sellarle la boca su propia muerte, Morea fue ya tan parco en palabras como la famosa tumba de Micerinos. Así que a partir de la tarde en que lo hicimos bajar a la suya más modesta de arcilla para hacer su mutis definitivo, nadie volvió a preguntarme las razones de sus silencios. Mientras para muchos de quienes lo conocimos Morea pasaba por ser el colmo de la ingeniosidad, para otros nunca dejó de ser un zoquetón con la suerte de cara. En cuanto a mí, que hube de sufrirlo más de cerca que nadie, ponedme en el bando que mejor queráis. 

Hay quienes sostienen con buena pluma que Morea eligió pescar en las aguas del Nilo, a comienzos de su carrera, por no sé qué historia de Eros y Thanatos. Pero yo que lo he visto con la boca prieta y arrimando su nariz de pez espada a las conversaciones, sé que lo hizo así por ser los constructores de pirámides los seres más silenciosos de la Tierra, a excepción de él mismo. Sólo una cosa desataba su lengua: los porros y el alcohol. Un cálido maridaje que le hacía chispear los ojos y hervir la boca, por la que soltaba las carcajadas más estruendosas vinieran o no a cuento, y una sarta de despropósitos que a todos encandilaban menos a mí. En cuanto a si era el pintor que afirma su leyenda, dejadme que me ría. Dadnos a cualquiera los padrinos que tuvo, y su inmensa suerte, y ya me contestaréis.

Lo mejor de Morea, porque algo bueno tuvo y habrá que decirlo aquí, fue no ser un pintor de laboratorio. Y quiero decir con esto que su vida y su pintura fueron siempre uña y carne. A Morea sólo le interesó una cosa profundamente: destapar agujeros y asomarse dentro. Lástima que a veces le faltaran ojos para ver lo que tenía delante, como en el viaje que hicimos juntos a las Canarias en aquel verano de mil novecientos ochenta y cuatro en que un incendio se llevó por delante el Conservatorio de Música y una sala de exposiciones llamada Val y Treinta.

Regresábamos al parque de Santa Catalina bajando por la calle Ripoche, pensando yo que de ir solo no me faltarían culos donde elegir entre los chicos que volvían de la playa con sus bolsas de deporte al hombro, los rizos chorreando agua y sal y las nalgas prietas bajo los vaqueros mojados por el bañador, cuando vi pasar junto a nosotros a una sesentona con su jersey azul celeste al hombro. A mí me dio pena que entre tanta hermosura hubiese ido a escoger por compañero de cama al pájaro que caminaba junto a ella, y así se lo dije a nuestro pintor.

—Podía haber escogido a otro —fue lo que dije, yendo a sentarnos en uno de los bancos de la calle Ripoche frente a una mujer que vendía cacahuetes y semillas de girasol.

—¿A quién? ¿A uno de esos del músculo, para que le dé dos hostias una vez en la habitación? —me contestó él.

Cenamos esa noche en un restaurante llamado El Rayo, y fuimos a sentarnos en un banco de piedra, bajo los árboles del parque. En el banco contiguo se sentaba otro grupo con el que yo no me hubiese mezclado aunque vendieran salud, compuesto por una mujer, un hombre de unos treinta años —a los que separaban dos botellas de vino puestas en el suelo—, otro de su misma edad y condición, y un muchacho que quizá llegase a los veinte, vestido con vaqueros cerrados en los tobillos y una especie de tela roja sobre los hombros que le dejaba los costados desnudos a cualquier distancia que se lo mirase, y supuse que las tetillas de tenerlo más cerca.

—¿Qué te parecen? —pregunté a Morea.

—Pues que han reunido entre todos las cuatro perras que les quedaban y le han comprado a ese algo de ropa con que poner el culo decentemente —opinó él.

Cuatro hombres con caras de chinos se apearon en la parada de taxis y de guaguas que había frente a nosotros. Se ajustaron los pantalones y las camisas, agrupándose en cuadrilla antes de dirigirse a la calle Ripoche, y se internaron por ella entre los pañuelos indios que balanceaba la brisa del puerto en los dos kioscos.

Oímos las voces del que estaba de pie, y nos volvimos. Era un tipo moreno, de pelo oscuro y ondulado, con un pañuelo rojo alrededor del cuello y ropas negras. Su nariz era la de un boxeador, y no debía ser el menor causante de que ambas botellas de vino estuviesen por la mitad.

—¡A mí no me vuelvas a llamar la atención más nunca delante de la gente! ¿Lo oíste? ¡Más nunca! —le decía al otro, paseándole al mismo tiempo un puño ante los ojos tan afilado como una guadaña. Lo que respondió el amenazado nunca lo supimos ni Morea ni yo.

— ¡Más nunca! —volvió a increparle en una curiosa actitud torera, puesto que apoyaba toda la planta del pie izquierdo en el suelo, y sólo la punta del pie derecho, con el cuerpo ligeramente ladeado en nuestra dirección.

Dijo algo la mujer, que fumaba con las piernas cruzadas —recuerdo que llevaba zapatillas de paño en los pies—, y se rebulló intranquilo el muchacho, única riqueza cotizable de la sociedad.

—¡Más nunca! ¿Lo oíste? —volvió a repetir.

El aire del puerto penetraba a esas horas en el parque como por un corredor. Tal vez fuese frío, aunque yo no lo noté.

Descendieron de otro taxi cuatro orientales más, con iguales gestos que los anteriores, y se perdieron entre los mismos pañuelos y en la misma dirección.

—Estos le pegan fuego a Ripoche —dije a Morea.

—Sí. Y tú ya tienes título para tu cuadro: Ripoche en llamas —me dijo él.

—Eso es: unos acuchillándose en la calle, y otros saltando por las ventanas. Como en la Roma de Nerón—le dije yo, sonriendo de labios afuera.

Los de la sociedad, que parecían haberse calmado, empujaron al vendedor de su propio cuerpo hacia la calle Ripoche, acompañado de su mandamás. Y como los otros quedaron en paz, aguardando sin duda el éxito de su gestión, me puse a escuchar a la pareja que se sentaba a nuestro lado: dos chicos en quienes no habíamos reparado hasta entonces ni Morea ni yo.

—¿Qué te parecen esos borrachos? —preguntó a su amigo el que se sentaba en el respaldo de piedra.

—No sé. Yo estaba en éxtasis —contestó el que se sentaba junto a mí, con tantas plumas en la voz que me cosquillearon el cuerpo.

—Querrás decir en éxtasis —corrigió el primero.

—I am sorry —le replicó—. Pero, si tanto sabes, por qué has dicho antes yoga, y no yogui.

—Muchacho, cógete un diccionario y lo sabrás. Yogui es el que practica el Yoga, y tú siempre lo dices al revés.

Cruzó las piernas visiblemente corrido el de las plumas, y preguntó socarrón:

—¿Qué has estudiado tú?

—¿Yo? Tercero de Bup —le contestó, con una voz que a diferencia de la de su amigo no me produjo ningún cosquilleo.

—Pues yo estudio en la Facultad. Filosofía y Letras, para que te enteres, y sé que no se dice requiescat, como has dicho tú antes, sino requiescant, muchacho. Y yo no te he corregido.

Morea, algo duro de oreja y más alejado que yo, no podía oír la conversación, hablándome a su vez de algo que tenía relación con el mar, con los barcos que asomaban sus mástiles tras el edificio que teníamos enfrente, y con si aquel puerto era más grande o más chico que el de Barcelona. Yo, que le escuchaba por el oído izquierdo, porque el derecho lo tenía ocupado, me limité a decirle que era más importante el de Las Palmas.

—…así que si quieres —continuaba hablando el de las plumas— te vienes mañana a mi casa y nos metemos las dos en la bañera. Pero tráete otras dos, porque de allí nos iremos al cielo todas juntitas. Nos abrimos las venas, y requiescant.

—Requiescat —volvió a corregirle el estudiante de Bup.

—¿Otra vez, mi niño? Ya te he dicho que es requiescant, porque es acusativo y de la tercera.

Morea aproximó su cabeza a la mía. Y, tras preguntarme si había visto el camello de cartón que servía al retratista público para fotografiar a su clientela, me preguntó:

—¿Qué están diciendo?

Le hice una indicación con la mano derecha pidiéndole silencio, y vi descender de la guagua, frente a nosotros, a un chico del que no dejé de admirar su bigote moreno y sus finas piernas hasta verlo tan cerca de nosotros que tuve que desviar los ojos para no tropezar con los suyos.

—Hola —saludó junto a mí, pero hablando a la pareja.

—Chica, Feli, ¿cómo estás? —contestó con sus plumas a las plumas del recién llegado el estudiante de Filosofía—. ¿Qué te traes comiendo?

—Un bocadillo de tortilla —contestó el del bigote.

—Pues dame un poco, que aún estoy sin cenar y ésta no tiene prisa.

Mordió en el bocadillo, sacudiéndose de los pantalones unas migajas que debían ser imaginarias, y le preguntó:

—¿Dónde te metes, que no se te ve el pelo?

—Pues, chica, porque no querrás. Toda la tarde esperándote en el David, y ahora me vienes con esas. ¿Dónde te metiste?

— ¡Cómo si no lo supieras! En el Paseo, toda la tarde más aburrida que una mona.

—En Las Canteras he estado yo, y no te he visto —dijo el del bocadillo, qué no perdía mordisco pese a seguir la conversación.

El otro, que ni parecía conocer al recién llegado, ni fue presentado a él, se incorporó en su asiento. Se ajustó la camisa dentro de los pantalones y se puso a mirar la reyerta que acababan de iniciar dos golfos navaja en mano entre los pañuelos hindúes de Ripoche. Por mí ya podían llegar las llamas a los últimos pisos, que de aquellos que tenía al lado no me pensaba mover.

El hombre con nariz de boxeador volvió a sentarse junto a la mujer, a la que ofreció un cigarrillo, y se empinó la única de las dos botellas que aún contenía algo, tras comentarle la fortuna de su pupilo.

—¿Te vienes a casa de Gabriel? —dijo el del bocadillo, sacudiéndose de las manos el olor de la cena recién evaporada.

—¿A casa de Gabriel? ¡Tú estás loca! ¿Qué vas a buscar allí, a estas horas?

—¿Qué voy a buscar? Pues un hombre, no va a ser una mujer —dijo él. Y volviéndose ligeramente hacia mí, añadió—: Y si puede ser extranjero, mejor.

—Bueno —dijo el otro—, no te hagas la cursi delante de la gente.

Yo me volví a Morea, que parecía haber escuchado lo mismo que yo, y le sonreí con buen ánimo. Fue una sonrisa que no me devolvió.

Transcurridos unos instantes en los que me perdí el final de la conversación, dijo el del bigote:

—Me voy. Espérame mañana en el Bar Reina.

De una carrerilla se fue a la parada de taxis y subió a uno de ellos. Alto y delgado —el otro era bajo, ancho de espaldas y rubio—, el de las plumas se puso de pie, y, sin dirigirme la mirada, se alejó con su amigo en dirección a la guagua.

Dos días después regresamos a la Península. Y una semana más tarde me puse a trabajar sobre el tema. Contra lo que esperaba de él, Morea siguió fiel a sus egipcios sin que los agujeros de la calle Ripoche parecieran interesarle lo más mínimo en ese mil novecientos ochenta y cuatro, ni en años sucesivos. ¿Que fue José Morea un pintor turbulento? Eso decídselo a otros, pero no a mí. Porque ya me contaréis que hubiese sido de su leyenda si no llega a matarlo una bala perdida y en un pub de Amsterdam de esos que dicen de mala reputación.