José Morea: del objeto encontrado a la figuración objetual
Pablo Ramírez
«De todos los objetos, los que ya han servido son los más queridos para mí. Útiles para muchas cosas, modificados a menudo, mejoran su forma y resultan preciosos por frecuentemente apreciados».
Bertolt Brecht
Si hay algo que llama la atención, cuando se compara el devenir artístico valenciano de las dos últimas décadas con el contexto internacional, es el hecho de que mientras en éste, tras el «Pop Art», se produce una cierta crisis de la pintura, en favor de las propuestas analíticas de un arte de concepto, en aquél la crisis se soslaya, siendo precisamente la pintura la que canaliza lo analítico con mayor o menor fortuna, constituyéndose por otra parte en la disciplina artística por antonomasia. Por ello, cuando a mediados de los setenta se produce en el ámbito europeo la ofensiva de una «nueva» pintura, en Valencia nos encontramos con una tradición pictórica intacta en la que la obra depurada y sin excesivas sorpresas de los consagrados, coexiste con las creaciones emancipadas de sus epígonos y con las variopintas novedades de lo que ya algunos han bautizado como la «última generación de la pintura valenciana».
Esta última generación —o como se quiera llamarla— aglutina a jóvenes pintores de propósitos y resultados diversos, tal como lo demostró esa especie de marathón popular que fue «Perspectiva 80», muestra cuyo principal defecto —o virtud, según se mire— fue el de dejar que el espectador efectuara su propia selección sobre un vasto abanico de ofertas. En ella se alineaban pintores con muchas horas de vuelo que o bien evidenciaban su oficio o bien su madurez creativa, junto con pintores en período de formación fluctuantes entre la fobia académica y el despiste coyuntural.
Escaparates más serios nos trajo el nuevo año, como la selección de un «Senyera» renovado, donde una vez más se puso de manifiesto esa joven pintura creativa, digna y ante todo ecléctica, cuyo futuro, el tiempo terminará por confirmar.
Dentro de este contexto se inscribe la obra de José Morea, pintor nacido en Chiva y residente en Pedralba, que con una larga trayectoria se propuso salir del anonimato durante la pasada temporada, iniciando una estrategia de difusión intensiva que pasa por las exposiciones de Torre I, Val i 30 y Lucas (Gandía) y por la participación en certámenes, consiguiendo el primer premio en el X Salón de otoño de pintura (Sagunto) y una mención honorífica en el XIV Premio «Senyera» de pintura (Excmo. Ayuntamiento de Valencia). A lo que hay que unir la reciente concesión de una beca del Ministerio de Cultura. Un ejercicio, en definitiva, denso y eficaz que culmina plenamente sus propósitos de dar a conocer su obra.
La actividad artística de Morea, no obstante, se inicia diez años atrás, partiendo sus primeras obras de una admiración confesada hacia autores como Burri, Feito, Tapies y Millares. Entonces Morea utiliza sólo ocasionalmente el lienzo para concretar sus búsquedas «informalistas» y «matéricas», porque consciente de lo que puede ser en esos momentos una práctica innovadora, no «representa» la materia pictóricamente sino que la «presenta» tal cual se encuentra en la realidad. Esto le lleva a descubrir el mundo de los objetos de desecho (desván, vertedero) y a encontrar en ellos un interés estético-lúdico suficiente, hasta el punto que su única manipulación consistirá en cambiarlos de contexto, del desván a la galería de arte. Es la época de sus primeras exposiciones en el Colegio de Arquitectos y la Sala C.I.T.E., con obras que oscilan entre el «objet trouvé» y la pieza «povera». Obras que el tiempo ha registrado como unas de las escasas aportaciones valencianas al contexto vanguardístico internacional. Sin embargo, Morea en aquella época no encuentra en el público de sus exposiciones la respuesta que buscaba y se aparta de la escena artística para ocuparse de otras cosas.
Su reencuentro con la pintura se produce un par de años después, coincidiendo aproximadamente con la ofensiva pictórica que a escala europea termina de quebrar aquellos procesos estéticos que esencializaron el hecho artístico, de tal manera que más de uno se apresuró a pregonar el canto del cisne del arte.
Su reencuentro pictórico va más allá de la pura reconciliación. Es algo así como una toma de conciencia de que sus contenidos estéticos primigenios pueden ser más fácilmente asumidos por el público si utiliza un medio accesible y tradicional como es la pintura. Desde entonces hasta hoy el trabajo de Morea no sólo no se ha detenido sino que ha experimentado una considerable evolución.
Morea no abandona su interés original por el objeto, sino que abandona la des-contextualización como método y la sustituye por el grafismo y el color. Así, su punto de partida está condicionado por la definición pictórica de los objetos encontrados, que desde un principio le habían fascinado. La cama, el lápiz, el patrón de costura, el W. C. y la paleta van introduciéndose paulatinamente en el táblex, esbozados por el lápiz graso y densificados por ese cromatismo austero gris-azulado que todo lo inunda («Formas con paisaje») y que a veces sale incluso del marco para teñir objetos reales. De todos modos la definición formal del objeto no basta y es preciso determinar su actitud, su vida, así como su inserción en un espacio concreto («Interiores con T. V.»).
Un block de papel milimetrado —ya mítico- conscientemente anónimo permite al artista trabajar con presteza casi automática y a llevar más lejos las preocupaciones de sus interiores. Es así cómo los objetos capturados van cobrando vida, se van humanizando y surge su serie «Retratos-personajes-portarretratos», donde el objeto o el conjunto de ellos construye un personaje arquetípico con sus atributos iconográficos perfectamente definidos y todo ello configurado mediante el grafismo impertinente del lápiz graso y una nueva gama cromática más festiva, que se aparta definitivamente de la monocromía.
Con la serie posterior «Personajes en su contexto» entrará de lleno en el tema de la pareja y sus relaciones explícitamente eróticas y frecuentemente polémicas. Esta serie se basa en la constante del personaje masculino puesto en contacto con el femenino, ubicándose ambos en un espacio nítido y específico. La resolución cromática diluye el protagonismo del grafismo, al incorporar planos de color (rosas, azules, naranjas) que al superponerse discontinuamente crean el contorno. Al mismo tiempo que se rescatan para la pintura recursos de códigos extra-pictóricos: onomatopeya icónica, signos cinéticos, etc. Recursos que ilustran impúdicamente la confrontación de los personajes- objeto en el lienzo.
Una pintura, en resumen, sorpresiva y sorprendente por cuanto ha sabido conciliar plenamente sus orígenes objetuales con un planteamiento de figuración pictórica vivificante, dotado de una estilística propia y que se prefigura ya como una de las propuestas más sugestivas de esa joven pintura valenciana de los ochenta.
