LAFURGONETAPICTORICADEJOSEMOREA
La pintura de José Morea viaja en una furgoneta. Blanca por fuera. Llena de bastidores, telas, carteles, serigrafías, dibujos, por dentro. A menudo le acompaña la música chirriante de la movida punk, pop, rokera del momento. De atrás para adelante se agolpan los lienzos hirsutos de sus últimos cuadros, llenos de imágenes, historias mediterráneas, recuerdos urbanos. A tope de color. Por los aledaños, dispersas, mil y una tarjetas de exposiciones, testimonios mudos de la infatigable pasión de mostrar su trabajo. José Morea vence, agota, convence, pero no engaña a nadie. Su producción artística, como su furgoneta, ha devenido, al cabo de los últimos meses, una auténtica caja de pandora.
En sus asientos de fieltro negro y asaz mullidos o bien diseminados, al azar, en la hojalata del suelo, disimulada con toldo camionero, se ha desatado, más de una tarde, alguna improvisada charla, a la salida de una comida sobre las perspectivas de la pintura que se gesta por tierras vascas, según la nueva lectura de Saenz de Gorbea; la arremetida, imparable, del rompecabezas andaluz, según versión de Quico Rivas o la sutil interpretación de la escena artística madrileña, según la mirada de Juan-Manuel Bonet. Toda esa gente que, más allá de insoportables provincianismos, vive, sueña, lucha, mes a mes, trimestre a trimestre, temporada a temporada, por la pintura que pasa por la capital española.
La temporada pasada José Morea aterrizó con su furgoneta en la Casa de Velázquez. Juan Lacomba por Sevilla y José Morea por Valencia, son los últimos becarios afincados, de la periferia, en el viejo, solaz, ajardinado caserón de la Ciudad Universitaria. Es, confiesa el artista valenciano, el mejor regalo institucional que le han hecho en su vida. Él mismo se ha convertido, al paso del primer año, en el generoso anfitrión de comidas de cuidada cocina, charlas de café de ilustres moradores y visitas vespertinas a la nutrida y casi inmejorable biblioteca. Vive en pleno corazón de España y con una atractiva ventana abierta a Europa.
Hablar de los últimos cuadros de José Morea sobre forzudos, deportistas iotras perversiones (aquí, el título, sin guiños lingüísticos), es una manera de hablar de la salida de Valencia, del paso por Mallorca y de su llegada a Madrid. De la madurez, en suma, de una pintura muy actual, llena de claves, recursos, ingenios, sólo explicable desde la perspectiva que da la última explosión cultural urbana de este país, la impronta visual mediterránea y la voracidad de una retina (la del propio pintor) que transforma lo que ve en imágenes artísticas fuera de toda sospecha.
La mirada pictórica de José Morea pasa de alguna manera por el espejo retrovisor de su furgoneta. Va adonde le conduce su furgoneta. Llega al límite mismo de su furgoneta. En ese trayecto, semanal/seminal, que enlaza su estudio urbano de la Casa Velázquez y su estudio campestre de Pedralba, se gesta la más reciente pintura de José Morea. Su iconografía «querelliana». El rollo egipcíaco del ancestro mediterráneo. La versión kisch del retrato de familia frente a la chimenea hortera y local. Son los últimos temas del artista valenciano.
Sin lugar a dudas José Morea ha depurado su obra. Ha recreado su iconografía sin referencias gordillistas. Sin guiños madrileños. Sin tentaciones transvanguardistas. Ha eliminado viejos recursos al uso. Les ha dado más contundencia a las últimas imágenes en danza. Paletas que simulan cabezas. Sandías mordientes que suplen bocas. Ojillos chisporreantes en vez de esquivas miradas. Su nueva, tersa y erguida iconografía está, para decirlo de una vez, a la altura del sexo que nos descubrió, un día, el novelista Lluís Fernández, debajo de cada uno de los textos que habíamos escrito, todos sus amigos, sobre el pintor valenciano. Porque parte de la historia que José Morea nos cuenta ahora, como evocadora-mente refleja el lúdico recortable mono-color que reparte el pintor, va de sexo. Sexo duro. Sexo fuerte. Sexo macho. Es lo que se lleva…
Lejos de la placidez de las historias familiares, que nos contaba antaño, con perros, balanzas, cerditos, y después de algún chapuzón por las islas baleáricas o pituisas, y el reflejo barroquizante saturado de color, con cegadora luz y locos chiringuitos, entre refrescos, sandías y sombrillas, José Morea inicia ahora la historia urbana del Madrid de la transición, a mitad camino entre la fauna de los fines de la semana en la Bovia, los viernes por la noche en el Rock-Ola y algún amanecer perdido por la lúgubre-lúdica-libidinosa noche madrileña. Personajes «voyeurs» somno-lientos en el Metro. Forzudos pletóricos de sexo. Señoritas de afilado tacón. Son historias para ver. Pinturas para mirar. Colores para paladear. José Morea va tan deprisa que casi no da tiempo a saborear sus personajes. Va, digámoslo de una vez, al ritmo de su furgoneta. A esa velocidad entendemos algunos, mejor, la impenitente, morbosa, gratificante presencia del ojo masónico de sus personajes, las diminutas pirámides de sus cuadros y las sandías rojas de sus recién aterrizados forzudos, con pesas en los brazos, un par de bolas bajo el ombligo y unos zapatos de acero.
Los iconos de José Morea como las imágenes kisch de antaño son una gozada para aquellos que confiamos en el discurso narrativo de la figuración, la otra figuración, que desde hace tan sólo unos años, con bastante sabor pictórico, se hace en este país.
Valencia, 18 Diciembre 1982
Manuel García
