Manuel García (José Morea bajo el volcán)

José Morea, bajo el volcán

Manuel García García

«Chupando un limón, hizo el inventario de cuanto le rodeaba. El mezcal lo tranquilizaba y a la vez entorpecía su mente. Para que cada objeto llegara hasta él era menester que transcurrieran algunos momentos.»

(M. Lowry: «Under the volcano»)

Apenas salgo de mi asombro al recorrer, por diapositivas, positivos en blanco y negro, y fotografías a color, la apretada trayectoria de José Morea, en ese escaso margen de tiempo que va, desde la primera muestra en Val i Trenta a la última obra presentada al XIV Premio «Senyera» de Pintura.

El vuelo excede el ala.

Su imagen me remite, inevitablemente, a ese magnífico relato literario del Quauhnáhuac en el registro anglo-canadiense de Malcolm Lowry. Porque José Morea, a su manera, con los «slides» en la guantera del coche, los dibujos al color en la carpeta y los medios formatos en la ranchera, es una especie de errante escritor anglosajón perdido en la jungla latinoamericana. Sólo que aquí se trata de un pintor intuitivo de comarcas que, con sabia picardía, se zambulle en una irritante y provinciana ciudad llena de creadores y demasiada zozobra.

Sin embargo la tozudez del dibujante y del pintor, de inagotable pasión por la exhibición de su obra, está rompiendo con todas las barreras de la estulticia. Pese a las comprensibles referencias al «povera» y las incomprensibles acusaciones de «gordillismo», el pintor de Xiva, formado en Pedralba, sigue adelante su inquietante periplo artístico valenciano.

Porque en su obra han pasado ya, en apenas tres años, muchas cosas.

Recuerdo muy bien las pinturas sobre táblex, algo monótonas, grisáceas y plúmbeas, cuya estructura dibujística y las alusiones simbólicas del tema, salvaban la

uniformidad cromática de los cuadros. Cuadros primigenios. Cuadros mazacotes. Cuadros llenos de lápiz carbón. Cuadros, sin embargo, frescos por la intimidad de las referencias. La sinceridad del trabajo. La originalidad del tema: los patrones del vestido de mujer; la cama metálica del amor; el perro encajonado; la balanza de pesar animales; los objetos de la vida cotidiana.

Luego vendrían los atisbos coloristas del cuadro. Los elementos eróticos de la obra. La leve referencia nacionalista. Y más cosas. Los dibujos con lápiz dé color sobre papel milimetrado. Los portafotografías con wateres, chimeneas y caras de porcino. Y también esos desplegables, a la manera de tarjetas postales, con alusiones a los instrumentos de trabajo (el peso), el excusado (la vida diaria) o el cerdito sonriente (espejo de uno mismo).

Personajes/Envases/Personajes.

Retratos/Recuerdo/Retratos.

Acumulación Uno/Acumulación Dos/ Acumulación Tres.

Y cuando ya parecía que el autodidacta había agotado su propuesta objetual sobre la textura virgen del táblex, los fondos grises y azulados y los recursos del carboncillo, se pone a pintar, dibujar, colorear «sprays», botellas de cerveza, cajetillas de tabaco, en una búsqueda, muy loca, del utensilio de la vida cotidiana.

¿Deviene José Morea el pintor de la cotidianeidad?

¿El icástico del objeto traducido en línea y color?

¿Una especie de chamarilero que transforma el hallazgo en hecho artístico?

De todo un poco hay en la actitud ingenua, hábil, fresca de este pintor que desconoce lo que es una academia, la pintura de caballete o el torso de una modelo. Porque este pintor del campo venido a la ciudad, crea con la retina y la voracidad a flor de piel de quien quiere llegar lejos, apenas iniciado el camino.

La vena erótica de José Morea se inicia con la masculinidad, casi prepotente, del falo travestido de lápiz cuya presencia, casi obsesiva, en una serie de cuadros, resulta a veces abrumadora.

La nota nacionalista es más discreta y se traduce en livianas alusiones a la cuatribarrada de carácter puramente anecdótico.

Otra historia son los arcoiris reiterativos, como elemento agreste de color en él, a veces, abusivo uso del lápiz polícromo. Son aspectos de su obra a equilibrar, a ponderar, a matizar.

Y luego   ese   chisporroteo de partículas, casi volátiles, a menudo demasiado elaboradas para ser lo suficientemente espontáneas.

Y las mesas, y los televisores, y las ollas a presión…

Tras el temporal empieza a llegar la esperanzadora calma creadora de este pintor, pletórico de ideas, cuya factura, bastante definida, empieza a madurar una personalidad propia.

¿Figurativo, simbólico, objetual?

Digamos que un interiorista atento a la representación desfigurada de las cosas que pinta cada día mejor, enriquece cada día su dibujo y es capaz de transgredir, casi sin darse cuenta, más de un género.

Ahí está la última serie de retratos.

Ahí está también la remozada factura cromática de su obra en sinfonía rockera de rosas, verdes, naranjas.

Porque José Morea liga bien con esas notas musicales de Van Morrison, Steeve Wonder, Dire Straits, es decir, con la mejor música norteamericana del momento, por no decir la música de hoy.

Porque esta pintura vibra, ¿habrá que insistir todavía?, al ritmo del rock, ebrio de chocolate o flipado por la última viñeta del comic local.

Ese es otro campo del arte valenciano contemporáneo —el de los Mariscal, Hortelano, Torres, Sentó y compañía— es decir, el comic, (que uno acaba de descubrir), en el que también se está haciendo «pintura» sin apenas darnos cuenta los puristas del lienzo el pincel y el acrílico de todos los días.

Ahora ya toca hablar, casi como colofón, de lo que pinta en estos momentos José Morea y en qué contexto hay que hacer la lectura de esa obra.

Son los nuevos personajes en su contexto sobre paletas, espejos, armarios, etc.

Cuadros más complejos en su temática, tratamiento de la imagen y contenido barroquizante de elementos. Nace una nueva geometría de la imagen. Se trastocan los planos. Se matizan los planos de color. Aún sobran, sin embargo, algunas cosas. Ahí está, por poner un ejemplo, esa simplificación del argumento del lienzo, en ese cuadro donde los protagonistas se reducen a tres elementos: el triángulo, la paleta y el lápiz. O el otro donde en difícil equilibrio físico comparten la misma estancia pictórica la cómoda, el giradiscos y la cafetera.

Luego vienen las mecedoras, las tetas rebosantes de lujuria, los chisporroteos seminales del macho.

¿Una actualizada y efervescente erótica de la imagen?

A saber… en cualquier caso, ¡ojo con la imagen masónica del ojo! ¡Ojo con la mirada chemacobiana! ¡Ojo con el guiño fácil de Pérez-Villalta!

Al tanto.

Toda esta historia personal acontece además en uno de los contextos artísticos más vivos del Estado español: el País Valenciano. Donde ya la pintura es algo más que la sombra de una «crónica de la realidad», un «pop nacionalizado», una «abstracción geométrica» al día o la creativa «construcción de la imagen».

Valencia despertó a la pintura en los setenta con la obra en el casi exilio interior de Jordi Teixidor; la construcción de una obra a mitad camino de la escultura y la pintura de la modernidad (constructivista y modernista) de Miquel Navarro; el nuevo concepto del retrato, la paleta o el paisaje reconstruido con «hallazgos» de la vida cotidiana de Carme Calvo; la manipulación de las imágenes, la creación de un nuevo lenguaje gráfico o la transgresión de la pintura de Ramírez Blanco; los gouaches sobre la tromboflebitis, los dibujos sobre la clandestinidad o imagen humana transmutada en uralita de Joan Cardells; los paisajes íntimos y los interiores de color de Martí Quinto; la tersura pétrea y marmórea de Vicent Ortí: las investigaciones espaciales de Angels Marco; el nuevo concepto de paisaje en tintas planas de Rosa Torres; la reconstrucción de la imagen de los mass-media de J. A. Toledo y las últimas reflexiones abstraccionistas-informalistas de Eva Mus en su tratamiento del telón de boca teatral o el paisaje romántico.

Valencia retoma la pintura en los ochenta con los nuevos realistas; un sólido grupo de abstractos, más allá de «americanismos» o «guerrerismos» y la aparición exultante de Peyró Roggen y un núcleo, heterodoxo, donde campean las más diversas propuestas artísticas en las que se impone, casi necesariamente, el eclecticismo.

En ese contexto artístico aparece José Morea cuya obra escapa, de alguna manera, a la etiqueta codificadora al uso.

Finalista del «Senyera», premio de Sagunt y becario del Ministerio de Cultura, la obra de José Morea llega a Madrid en plena confrontación de «imagineros» y «pintores» que es una manera de simplificar la disputa tradicional de las artes visuales. Y tan lejos no llega una obra, que como tratamos de entender, los que aquí escribimos, ha conseguido, al menos, subyugar a buena parte del mogollón artístico valenciano.

Cuando el volcán ruge es que el magma está a punto.