Joan Abelló (La exasperación del mito)

LA EXASPERACIÓN DEL MITO

JOAN ABELLO

I. Origen

Conocí a José Morea en los ajetreados días del ultimo terremoto que ha visitado nuestra isla: Sicilia. Y digo nuestra porque, tanto él como yo a fuerza de viajes, y estancias más o menos breves o duraderas, consideramos este pequeño continente como una segunda residencia.

Aunque yo, por mi parte, proceda de una ciudad interior, Reus, a 112 Km de la metrópoli Barcelona, que a pesar de los 9 que la separan del mar Mediterráneo siempre ha tenido una gran vocación marinera que la llevó en plena euforia mercantil tardo-settecentesca a proyectar un canal que la convirtiese en una Venecia catalana. Napoleón y sus tropas destruyen este espejismo y de ello derivó a finales del 800, la idea de unirse a tan preciado liquido gracias a un minúsculo ferrocarril de vía estrecha.

Morea, por su parte, procede de un pueblo interior de las comarcas de Valencia, Chiva, mas lejana del mar que mi urbe y celebre por sus vinos y toros.

II. Destino

Ambos cual románticos viajeros hemos coincidido en esta isla, situada en el epicentro de un mar soñado desde la infancia, el Mediterráneo, y sometida siglos ha por nuestros antepasados, súbditos de la corona Catalano-Aragonesa.

Ambos, además, con todas las ventajas y desventajas, de nuestra doble ubicación intentamos desarrollar nuestro trabajo -o parte de él-en este peculiar rincón de Europa y de nuestras venturas y desventuras nació desde un primer momento una extraordinaria simpatía, que Santa Lucia señaló con un tremendo movimiento sísmico.

Partimos Morea y yo de una total compenetración con el medio cultural y humano que nos acoge, incluso sus pinturas, tanto temáticamente como sígnicamente parten de la aceptación de la tradición culta y popular de la isla. Y si antes me he comparado y me he tomado la libertad de comparar a Morea con los viajeros románticos, entérese el lector que solo ha sido a título de figura estilística, ya sé que ambos subscribiríamos el entusiasmo del poeta de Weimar al pisar su anhelada isla, entusiamo que le obliga a declarar que: L’Italia senza la Sicilia non lascia alcuna immagine nell’anima: quí é la chiave di tutto». Y a confesar: «Questo paese é indicibilmente bello, sebbene io conosca solo una parte delle sue coste»‘. Y nos emocionamos ante el templo de Segesta, el teatro de Taormina o el Gimnasio romano de Siracusa, y el resto de legado clásico que dió inicio al turismo culto en el 700 y a su masificación en nuestro siglo.

Morea, es atento y utiliza en su obra, tal como ya indicaba, expresiones plásticas populares que se retrotraen a una sociedad campesina pagana. Expresiones plásticas y costumbres ya solo perceptibles como una curiosidad folklórica por las masas ingentes de descendientes del poeta de Weimar que vienen a tostarse en las playas de la isla. Quizá por solidaridad meridional Morea recoge en sus múltiples viajes por Sicilia las huellas de esta civilización paralela, verdadero substrato inconsciente de la actual civilización uniformadora del gusto, por la desordenada proliferación de los media en este país que nos acoge.

El es atento cual, cual Paolo Uccello contemporáneo al kitsch religioso que orna tantas carreteras y cruces de caminos, ultimo vestigio como el vudú de un ritual anterior a la era cristiana que persiste a pesar del paso de los siglos y después de la transformación de los dioses clásicos en criaturas del santoral cristiano. Si él tuviese que representar algún personaje de la célebre novela de Vincenzo Consolo, Retablo,2 Morea sin duda escogería al pastor y curandero Aláimo de Segesta, pastor-sacerdote de Démeter, vestigio único e inconsciente de una civilización, incluso anterior a la clásica, perdida y ancestral. Morea es atento a estos vestigios y se embelesa delante de la reproducción de formas y adornos pertenecientes a civilizaciones autóctonas.

Me llevé una agradable sorpresa, días después de una atenta visita al museo Paolo Orsi de Siracusa, al encontrarme en el estudio de Morea en Giardini-Naxos, una serie de cuadros dedicados a una lápida tumbal, conservada en el citado museo, con un signo fascinante representando la copula carnal. Eros y Thanatos, siempre presente en la historia del hombre y desde su noche más distante.

Morea, además, está aquejado positivamente de malditismo. A pesar de ser una persona afable y educadísima, persiste en frecuentar todo tipo de malas compañías y fijarse en ejemplos no ejemplares.

Normalmente el visitante culto de estos lares se trae empolladas las paginas sicilianas del Viaggio in Italia (1787) de Goethe y de otros santos Baedeckers y guías no infames y sin sospecha de herejías, como las obras de Patrick Brydone (1770), y del mismo siglo incluso del revolucionario Johann Gottfried Seume o el primer descubridor de Sicilia, por aquel entonces, el Barón von Riedesel.

Morea, comparte conmigo el aprecio por personajes tan heterodoxos come el conde bavarés August von Platen y el barón Wilhelm von Gloeden, ambos llegados a la isla más que por el fulgor de sus monumentos y antigüedades.. .»comme tant d’autres de ses compatriotes chassés par la sévérité des lois en Allemagne, chercher en Sicile un mileu plus indulgent á ses goüts»3 El conde bavarés forma parte de la historiografía local siracusana, no en vano vino a morir en esta ciudad en 1835, por elección propia y huyendo del cólera, que ya había pillado en la península. Desde 1829 y a raíz de una critica de Heine, que lo acusaba de su evidente homosexualidad y que respondía a una anterior de Von Platen, escritor neoclásico que acusaba con razón a su colega romántico de judio converso por interés. La pública noticia de su verdadera sexualidad sumió a Von Platen en una paulatina e creciente crisis psíquica. Thomas Mann inspiróse en él para crear al protagonista de Muerte en Venecia. En los 35 días que Von Platen dedicó a Siracusa, para morir definitivamente en ella, se aperciben toda una serie de «signos de la muerte», típicos del romance alemán decimonónico y — repito — patente en esa vida novelada que fue la del poeta bavarés. De conocer sus anteriores andanzas4 en Nápoles con los efebos de Posillipo o Mergellina, los siracusanos bienpensantes no se mostrarían tan satisfechos de conmemorar su memoria bautizando con su nombre una de sus mejores calles.

El caso de Von Gloeden es diverso porque encontró en la ciudad adoptiva, Taormina, material humano en cantidad suficiente para cultivar un inocente y inofensivo vicio: fotografiar desnudos a los adolescentes en escenografías pseudo-clásicas y con referencias mitológicas. Y de este modo desde 1856, fecha en la cual se instaló en Taormina, hasta 1931, fecha de su muerte, realizó miles de fotografías dadas a conocer muy posteriormente por el galerista napolitano Lucio Amelio. Hoy comparten espacio, sin ningún pudor, con las postales tradicionales en las tiendas de souvenirs de la turística Taormina. Tal como indicaba antes esta dedicación de Morea hacia lo maldito, los malditos, los héroes imposibles más que los héroes fatigados – tan de moda antaño – se trasluce en su obra como un pretexto, o un argumento anterior. Alguien ha comentado que: «L’immagine di una citó é data dagli intellettuali che hanno operato ed operano in essa. Operare in una cittá equivale ad edificare, materialmente e metafóricamente, significa costruire, in quel luogo e non ín un altro, la propria casa, abitarvi uno spazio proprio per quindi poter mentalmente possedere quello circostante» 5. Pero actualmente la ciudad en la que vive Morea es una isla, y los mitos son islas del pensamiento6. Su actual ciclo de pinturas, que una la tradición romántica y barroca que da al mito valor de conocimiento en una isla donde parece que no suceda nada y sucede de todo, bebe absolutamente de su contexto, más que en anteriores ciclos y no solo a nivel físico — de materiales, como el polvo de lava usado, las postales de Von Gloeden, etc…— sino también a nivel temático, de argumentación. La lápida tumbal de una cultura primitiva, el Hermes-Angel-Veleta, símbolo del alma que viaja silenciosamente hacia las sombras. El cíclope tan presente en esta isla griega, en la que el cráneo de unos elefantes enanos confundió a nuestros antepasados creando este mito. La Trinacria-hembra. El fuego del Etna, titulo de un imbebible licor contenido en una botella kitsch, considérese que el ingenio popular creo durante el terremoto de 1783 una denominación «vinos del terremoto», a causa de la fértil cosecha de ese año7.

Son historias y objetos que no nos llegan en una clara transcripción, sino a través de la velada y rápida interpretación del artista. En definitiva a través de una acertada y desmesurada exasperación del mito.

III. Circunstancia

La primera vez que ví algo de Morea, fue en la exposición Vint i sis pintors, tretze crítics: Panorama de la joven pintura española, organizada por el centro cultural de la Caixa de pensions, en junio de 1982, en Barcelona. Compartía escaparate con célebres representantes de su generación, de José Manuel Broto a Miquel Barceló. Se había alejado definitivamente del ambiente vivaz pero reducido de la ciudad de Valencia, que en la segunda mitad de los años setenta le dió carta de naturaleza como pintor y se alejaba ya de la Movida Madrileña en la que participó activamente gracias a la beca de la casa de Velázquez, que el Ayuntamiento de Valencia le otorgó, residiendo dos años en la magnifica casa de Velázquez, situada en el parque de la Moncloa.

Autodidacta y exgranjero, como bien nos recordó en la exposición realizada en 1988 en la galería Rita García de Valencia, que tituló Nostalgia Porcina, José Morea es un nómada de la pintura. Concibe sus cuadros como «ready made» y «objects trouvées» in situ, para cada ocasión, dejando momentáneamente amigos y familia en sus anteriores residencias. Es un ser hambriento de imágenes y mitos, afortunadamente y por ahora siempre insatisfecho.

La presente exposición incluye muchas páginas del diario de su Viaje a Sicilia, es una relación aún viva de su último itinerario, y yo escribo este texto con la esperanza que este nunca se concluya.

Siracusa (Villa Lo Bello) – Barcelona (Villa Balmes) Enero – Febrero, 1991.

Notas:

1 Afirmaciones entusiásticas que pertenecen a su Viaggio in Italia,

Mondadori, Milano 1983.

2 Vincenzo Consolo, Retablo, Sellerio Editore, Palermo 1990

3 Dominique Fernandez, LeRadeau de la Gorgone. Promenades en

Sicile, Bernard Grasset, Parigi, 1988.

4 Consultar a tal propósito: Pino di Silvestro, August Von Platen

(Moriré a Siracusa), Sellerio Editore, Palermo, 1987.

5 Demetrio Paparon!, Le macchine da guerra del filosofo (perché «cid

che ieri era utopia oggi é realtá») in Specchi ustori, Tema Celeste

Edizioni, Siracusa, 1989.

6 Giuseppe Conte, Ilmitogiardino, Tema Celeste Edizioni, Siracusa, 1990. 7 Augusto Placanica, Goethe tra le rovine di Messina, Sellerio Editore, Palermo, 1987.