Sandra María Vanvitelli (De vita Moreae)

DE VITA MOREAE

Sandra María Vanvitelli

Antes de poner a trabajar a los escribas sobre su obra, Morea se hizo nacer en Valencia, pues no se le escapaba lo trascendente que podía resultar para su carrera el juego de palabras: valencia=valor. Sin embargo, para despistar a los husmeadores, el alumbramiento – el primer cráter de su obra -tuvo lugar en el pueblo de Chiva o Xiva, lo que todavía debe de tener ensimismados a los cabalistas de Levante: Chivas, vachi, chavi, vicha… Y todo eso en 1951, al decir de las gentes.

No contento con estos primeros pasos en lo que ya será su estrategia del despiste – en la que el mismo Morea es el primer despistado – dejó que una parte de su primera vida transcurriera en una especie de paraje arcádico, el pueblo de Pedralba. Los escribas y hermenéutas de Morea se frotaron contentos las manos – Pedralba: piedra de alba, alba de piedra – y empezaron immediatamente a hablar del agricultor de Chiva, afincado en Pedralba, de su granja orwelliana, de su autodidactismo, de su condición de buen salvaje rousseauniano. Viendo como se ponían las cosas, Morea decidió alzar el vuelo. Este buen salvaje, que se declaraba al margen de los circuitos comerciales, entró en Troya en la década de los ochenta con un par de becas: la del Ministerio de Cultura para Artistas Jóvenes (1980) y la de la Casa de Velázquez del Ayuntamiento de Valencia (1981).

Y ahí le tenéis, en Madrid, vibrando de hambre mientras pinta, vibrando de energía en la noche metropolitana de la posmodernidad. Todo para traspasar el umbral de los guerreros laureados: exposiciones colectivas como «I Salón de los Dieciséis» (Museo Español de Arte Contemporáneo, Madrid), «Treinta artistas valencianos» (Valencia, Maguncia, Bolonia), «Arte en el País Valenciano» (Centro Cultural de la Villa, Madrid). Al año siguiente, 1982, su obra en colectivas llega hasta Albacete, Burdeos, Madrid, París y Segovia («Becarios de la Casa de Velázquez), a Barcelona, Valencia, Madrid, Sevilla, Cáceres, Santander y Etcétera («Veintiséis artistas/Trece críticos. Panorama de la Joven Pintura Española») e incluso aterriza, como los representantes artísticos de cualquier comunidad autónoma que se precie, en la oficina del turismo español en Nueva York.

No quiero ser exhaustiva en la relación de puntos geográficos a los que, en compañía de otros, ha llegado la pintura de Morea hasta la fecha. Basta decir que desde Estocolmo a Roma, desde Zurich a Bagheria, la furgoneta pictórica de Morea se ha movido bastante. Con razón decían los críticos, allá por 1980, que se movía entre la abstracción y la figuración.

Este chico que empezó en el 74 pintando banderas, que flameaban más o menos en el arte social, junto a las de otros artistas da la misma promoción, de parecido recorrido artístico, de disímil fortuna en el mercado. Este chico que adoraba a Gordillo y a Bacon, al kistch y al pop-povera-dada. Este chico que ha deslumhrado a todos- a todos, arquitectos, poetas, críticos, escritores, veterinarios, profesores, curators y etcéteras; a todos: desde Lluís Fernández a Francisco Rivas, desde Victoria Combalía a Giorgio Colomero, desde Fernando Huici hasta Román de la Calle y J. V. Aliaga, y a Abelló, Catanio, Cremades, Ninyerola y Etcétera. – Este chico Morea saltó con fuerza de la paleta a la palestra, él solo, en 1980 en la galería valenciana Val i 30 y en 1981 en la madrileña Sen. Y tiene a lo largo de la década una serie de saltos memorables, como «Personajes, objetos y otras chorradas» (Galería Quatre Gats, Palma de Mallorca, 1982), «Forzudos, deportistas i otras perversiones» (entre otras galerías, la René Metras, Barcelona, 1983), «Sandia Sunday Bugui» (Val i 30, Valencia, 1983), «Agíptica» (Nicanor Piñole, Gijón, 1984) y un continuum de apariciones en Fúcares (Almagro), Juana de Aizpuru (Sevilla), Thomas Carstens (Barcelona), que a partir del 86 se orienta hacia Italia: Expoarte (Bari), Serafino Mayorano (Crotona), Rosario Bruno (Agrigento), Ezio Pagano (Palermo), Wever (Torino), Facsímile (Milano)…

¿Qué tendrá este chico para desatar tantas pasiones de escrituras, tantos rastro escrito detrás de su obra? Desde cuando becario hambriento, hasta ahora, que va de nómada pletórico. No me toca desentrañar el enigma de Morea, que eso se lo dejo a sus escribas, a sus críticos, a su ramillete de poetas descubriéndole el ojo volcánico o lo volcánico del ojo de la pintura. Una cumple con la tarea encomendada: poner en orden la bibliografía moreae, pues eso fue lo que me pidió por fax. Y todo porque, desde aquella vez en Portofino, siempre ha sentido debilidad por mi apellido. Además, es muy aburrido y sofocante, en esta isla y en esta época del año, limitarme a tecletear la relación de exposiciones colectivas e individuales, la cronología de reseñas en la prensa, los textos para catálogos… Para secretaria, que hubiera escogido a Lluís Fernández, el pornógrafo anarquista, el primero («El significante catálogo», Val i 30, Valencia, XII-81) en darles un revolcón a gacetilleros y catalogistas, iluminando de sentido la significancia de todo catálogo.

Naturalmente, entre tanto lugar común y referencia vacua, textos y catálogos los ha habido para deleite moreano. De entre los que tengo constancia, me permito citar el editado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia (Casa Museo Benlliure-Circulo de Bellas Artes, III-IV-84), donde hay textos de todos y hasta del mismísimo y agradecido Morea, «Viaggio in Italia» (Fundación Caixa de Pensions, Valencia, II-III-85), viaje de escrituras con Manuel García, Liberto Stabile y citas volcánicas por doquier, el de la galería Thomas Carstens (Barcelona, XI-XII-85), con autoentrevista moreana, y el de la galería Rita García (Valencia, X-88), con un texto de Alfonso Ninyerola, «Nostalgia porcina», que concluye tan rotundo y brillante como para que lo copie y concluya yo también tan rotunda y brillante como la obsidiana: «Entre el cerdo y el dios, Morea vive y pinta».

Y eso es lo que hace nuestro héroe moreano, entre su delgadez de pintor poseído y sus robustos cuarenta años de los que alardea entre los aires de Taormina, Valencia, Barcelona…

Puerto Rico, febrero de 1991