SCRITTI SULLA TAVOLA CALDA
UBERTO STABILE
Valencia, 7 de septiembre de 1984
Mañana saldremos hacia Roma. Esta última semana fue una prueba de nervios. Los sucesivos retrasos se han debido a los cuadros que Morea ha querido terminar antes del viaje. Quiere echar la llave a una puerta que encierra toda una época. Hoy acabaremos con las interminables despedidas, y mañana temprano cogeremos la carretera. No hay tristeza antes del viaje. Ahora sólo nos queda tener bien abiertos los ojos. Antes de cenar estuve leyendo Adonais, el poema de Shelley, es como un ave que planea sobre nuestro oráculo:
«Ve a Roma… a la vez el Paraíso, la tumba, la ciudad y el desierto; donde sus ruinas como destruidas
[montañas se alzan, y hierbas floreciendo y fragantes
[bosquecillos visten los huesos de la desnuda Desolación.»

Cannes, 8 de septiembre de 1 984
Llovía cuando salimos de Valencia. Vicente García estuvo ayudándonos a cargar los cuadros en la furgoneta. Apenas hablamos. Morea es un genuino cáncer, cuando quiere puede llegar a ser la persona más introvertida que pueda imaginarse. Se pliega sobre sí mismo, en su pintoresco caparazón y clava los ojos sobre la carretera. De vez en cuando me pide que le pase el coñac o que le encienda un cigarrillo, y a veces es tan impaciente que suelta el volante y lo hace él mismo. Paramos en la frontera para cambiar dinero y poner gasóleo. Compramos unos sandwiches preparados y unas latas y estuvimos conduciendo hasta las dos de la madrugada.

Génova, 9 de septiembre de 1984
Cuando Lord Byron viajaba por Italia siempre llevaba junto a él a su médico. Cuando se sale al extranjero uno desearía ser aristócrata, aunque sólo fuera por aliviar la faringitis que arrastro desde que salimos de Valencia. Morea ha empezado a tomar apuntes. Ahora conduzco yo y él dibuja. Se ha obsesionado con los túneles de la Liguria. Dice que son como grandes gargantas, bocas de gigantes, le recuerdan a los cráteres de los volcanes.
Yo ya me sé de memoria las pocas cintas que llevamos en la furgoneta. Golpes Bajos, Cure, Frankie Goes to Hollywood, U2, Radio Futura, Siuxsie, Simple Minds, Los Ilegales…
Al llegar a Génova nos metimos en el Hotel Doria. Está en un lugar céntrico, cerca del puerto, aunque aquí en Génova todo parece estar cerca del puerto. El hotel parece sacado de una novela de Dashiell Hammett está en un callejón al que se accede por una escalera. La ventana de nuestra habitación coincide con la R de Doria, que se enciende y se apaga y lo ilumina todo de verde.

Génova, 10 de septiembre de 1984
Todavía Génova. ¡Y cuánto italiano! La ciudad tiene un movimiento increíble. Estuvimos paseando por las calles que dan al puerto. Aquí te comen, ¡te venden hasta la vida! Morea ya canta perfectamente en italiano. Habla en castellano y pronuncia en italiano, y cuando no le entienden sonríe y lo vuelve a repetir.
Por la tarde estuvimos visitante a un galerista con el que tenía concertada una visita. Nos miró de abajo a arriba y se lo pensó dos veces antes de prestarnos atención. Morea le hablaba y le hablaba, y aquel tipo ponía cara de no entender nada. Sólo cuando vio el catálogo empezó a comprender que el agitado extranjero era aquel pintor que había conocido en Arco.
Hay una canción de Bennato que dice: «// vuoto e poi ti svegli e ce un mondo intero in torno a te, ti hanno iscritto a un giocco grande, se non comprendí se fai domande…»

Roma, 11 de septiembre de 1984
Llegamos a Roma.
Aquí la ley es la intuición. Empezamos a conocer la jerga romana de los irascibles conductores. Nunca llegaré a comprender este nerviosismo en una ciudad donde se vive lentamente, donde todo tarda en decidirse e incluso las cosas suceden sin suceder… «Per favore, Piazza Venezia?»

Roma, 19 de septiembre de 1984
Hace una semana que llegamos a Roma. Nos instalamos en el antiguo estudio que Rafael Alberti tenía en Trastevere. Aunque no tenemos excesivos lujos, sin embargo vivimos en un lugar privilegiado. El jardín botánico nos rodea por completo, parece que estemos en plena Campagna, pero en realidad estamos a un paso de los centros más agitados de la ciudad.
En el estudio tenemos una gran tenaza en la que Morea pinta a sus anchas. La compartimos con Ren, una rubia norteamericana que lleva doce años en Italia haciendo tapices, y que de vez en cuando nos lleva a conocer antros y personajes fuera de lo que habitualmente vemos.

Roma, 22 de septiembre de 1984
Morea se despierta y se pone a pintar. Se llena de pintura, pinta con las manos, con los pies, con palos, pinta con todo. Se pone encima de esas enormes telas que extiende sobre el suelo de la terraza, y gira y gira sobre ellas. Derrama pintura aquí y allá, y salta de una tela a otra.
Ahora está el suelo lleno de columnas, lobas, barcos, lunas, agua y volcanes por todas partes.
La cárcel está cerca, bajo el Gianícolo, y continuamente se escuchan los gritos de los familiares de los presos que escondidos en jardines del entorno les envían mensajes.
Estamos al lado mismo de Villa Farnesina y del Palazzo Corsini. En éste último estuvimos por la mañana. No tiene una pinacoteca relevante, pero hay algo de Caravaggio que a Morea le interesó. Mañana iremos a Ostia, a la playa. Hoy por fin ha salido el sol.

Roma, 2 de octubre de 1 984
«Es curioso observar que casi todos los
[hombres valiosos
tienen maneras simples, y que casi siempre [las
[maneras
sencillas son tomadas por indicio de poco valor.»
Leopardi.
Hoy visitamos exhaustivamente el Foro Romano. A Morea le interesaba ver todo tipo de columnas y frisos y creo que no nos dejamos ni una sola piedra. Sigue sin saber decir casi nada en italiano, aunque lo entiende. Se enrolla con la gente con cualquier motivo. Dice «Io sono spagnolo» se ríe y ya no vuelve a decir nada inteligible a quien escucha. Se compró centenares de postales. ¡Lo quiere ver todo!
A pesar del cansancio salimos a cenar con Fernanda Pivano. Estamos de pasta y de vino hasta la coronilla. Ha empezado a hacer frío. Mi faringitis continúa. El estudio empieza a resultar incómodo.

Roma, 3 de octubre de 1984
Ren nos ha presentado a Zei esta mañana. Se trata de un escultor norteamericano que vive en Roma desde hace casi quince años. Es muy mayor, pero con un sentido del humor increíble. Conoció a Henry Miller en París, estuvimos hablando sobre esto y también de su obra.
Morea ha pintado un papel de diez metros y dice que lo llamará « Tres días y tres noches en Roma». La gente que viene a visitarnos al estudio empieza a entusiasmarse con la particular visión que Morea tiene de esta ciudad.

Roma, 8 de octubre de 1984
El fin de semana pasado estuvimos en Anguilara. Es un pequeño pueblo medieval a orillas del lago Bracciano. Después de toda una infructífera mañana de ir de un lado a otro, discutiendo continuamente, nuestros amigos nos llevaron a un lugar donde hay aguas sulfurosas. Es un paraje un tanto insólito. En medio de un bosque. No vimos ni un alma. Se nos hizo de noche y nos perdimos. Sólo se oía el burbujear de las charcas. El olor era desagradable. Al final encontramos la furgoneta.
Esto nos dio pie para retomar la discusión de moda sobre el plan de evacuación de Nápoles. El Vesubio, dicen, va a entrar de nuevo en erupción. A Morea le ha interesado tanto el tema que se ha puesto a pintar cartones sobre los volcanes.

Roma, 9 de octubre de 1984
«Sólo la verdad fue la hija del tiempo.»
Leonardo Da Vinci.
A Morea ya no hay quien lo saque. A veces ni baja a comer. Sólo sale de noche y en ocasiones cuando regresa todavía pinta en el estudio antes de irse a dormir.
Roma se nos está metiendo en los huesos. La verdad es que en el estudio ya no se puede estar. Llevo un mes durmiendo en el suelo y hace frío. Estoy pensando en volver. Morea se quiere quedar por lo menos un par de meses más.
Roma, 11 de octubre de 1984
He decidido volverme a Valencia. Morea se queda. Tiene intención de visitar otras ciudades italianas. Ha pintado mucho, pero todavía le queda la parte más pesada. Quiere presentarse a algunas galerías.
He vuelto a pasar frente a la sinagoga, junto al teatro de Marcelo, he seguido el curso del Tíber hacia el Castillo de Sant’Angelo. Mañana regreso. A veces me pregunto si Morea no tendrá nostalgia. Creo que como dice Fellini, él es de esa clase de personas que desearían nacer todos los días.
Roma, septiembre-octubre, 1984















































